14. Abril 2010 por admin.
Redes (13/06/10): Magia y neurociencia en red
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5. Abril 2009 por admin.
Para cualquier pregunta, comentario, inclusión en enlaces recomendados o publicidad en esta página, podéis dirigiros a mispoesiasdiarioscuentosyrelatos@hotmail.es (ojo, .es; no .com).
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JUEGOS ONLINE: FA-18 STRIKE FORCE, EL MEJOR JUEGO DE AVIONES ONLINE.
5. Abril 2009 por admin.
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JOYAS DE YOUTUBE: TRATADO DE ZP PARA MEJORAR RELACIONES CON RUSIA.
4. Marzo 2009 por admin.
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JOYAS DE YOUTUBE: ACDC THUNDERSTRUCK.
3. Febrero 2009 por admin.
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POESÍA: EL MITCH EN CENTROAMÉRICA…
24. Noviembre 2008 por admin.
EL MITCH EN CENTROAMÉRICA…
Gritos, pánico, terror;
el Cielo al Hombre desdeña,
de ira al rudo huracán preña
y lo lanza a El Salvador.
Chillidos, llanto, pavor;
nadie al gigante domeña
nadie a la Furia aguileña
de aliento agrio y destructor.
Ayes, lágrimas de horror…;
Nicaragua, rota y yerta,
la dulce Honduras muerta
bajo piedras de dolor…
Mi alma pregunta al Señor:
“¿Quién a la Muerte despierta?,
¿por qué mi Patria cubierta
de sangre y de amargor…?”
Calla junto al Redentor
la inicua Naturaleza,
que ajó con toda crudeza
de América la flor.
Ríe mientras en redor
alaridos de tristeza
rajan a un pueblo que aceza
sintiendo ya su estertor.
Y yo lleno de rencor,
trueno en explosión colérica,
como la Arpía atmosférica,
que ayer destrozó a mi amor…
Grito ebrio de ira y furor,
sobre tierra cadavérica,
despojos de Centroamérica
que imploran nuestro favor.
¡México, España, Ecuador!;
hijos de la raza ibérica,
hermanos de lengua hespérica,
¡mostradme vuestro valor!
Un Quijote soñador
lleno de fuerza quimérica
y una tenaz diosa homérica
laten en vuestro interior.
Álcese el hispano honor,
humano sol de nobleza,
solidario en su grandeza,
y dé brazo acorredor.
Entregue sangre y sudor:
sangre que traiga belleza,
sudor que aje la pobreza,
y os vuelva vuestro esplendor.
Todos juntos, con ardor;
no hay barrera ni hay puerta,
la Hispanidad está abierta
al canto del ruiseñor…
Ya oigo un latir exterior,
voz de una tierra liberta,
flor que despabila en la huerta,
susurro sobre el verdor…
¡Verso, amigo volador!:
ve a tierra salvadoreña,
grita a mi niña hondureña,
¡háblales de este clamor!
Di que una Patria Mayor
mima a su patria pequeña,
di que la juventud sueña
y ve haz hispano, un motor.
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EL AGUA DE MAR COMO REMEDIO CASERO CONTRA LAS VERRUGAS.
20. Noviembre 2008 por admin.
Imaginad que de la noche a la mañana dos verrugas planas, pegadas la una a la otra, os salen en la frente, con el agravante de estar montadas sobre un lunar…
El panorama es desolador… Piensas que no te has alimentado bien, que esto es producto de no dormir el suficiente número de horas, especulas sobre si te habrá contagiado alguien algo, si será un cáncer de piel galopante que muestra sus primeras señales de vida…
Vas al médico, y este te dice que efectivamente son dos verrugas planas montadas sobre un lunar, pero que por ahora no conviene hacer nada, sino ver cómo evolucionan, y me advierte que de intervenir quirúrgicamente, me quedará una marca…
Te vuelves a casa algo inquieto, porque ves que las verrugas no paran de crecer, sobresale medio centímetro en la frente, y cuando los amigos te saludan lo primero que te dicen es: “¿Qué te ha salido en la frente?”
El majín no para de darle vueltas al problema, empiezas a imaginarte remedios, y te acuerdas de las verrugas que tuviste de pequeño en la mano izquierda… Aquellas las habías quitado a base de un líquido cáustico de la marca Isdin…: Te las iba quemando poco a poco, había que poner un esparadrapo por encima, pero terminaba por hacer su trabajo… El problema es que no te ves a estas alturas con un esparadrapo en la frente mientras luchas contra tus verrugas, y piensas en remedios menos aparatosos y corrosivos…
Como es verano y dos o tres veces a la semana vas a la playa y te bañas, piensas en los efectos beneficiosos del agua de mar sobre la piel, te acuerdas de que te quita espinillas y te da un mejor aspecto…, y de repente se te enciende una bombilla.
Coges una botella vacía de agua y la llenas de agua de mar. La llevas a casa, coges tres trozos de papel higiénico y los empapas con el agua salada, y aplicas el emplasto sobre las verrugas mientras te tumbas en el sofá para ver la tele. Dejas el emplasto colocado todo el tiempo que puedes, hasta que te tienes que levantar y ya no es posible que se sostenga en la frente…
Repites la operación a lo largo del día, y ya a la noche, parece como que las verrugas se han hecho más pequeñas. Piensas si no te estará engañando el deseo de ver cómo desparece la verruga, pero coges ánimo y piensas en volver a poner el emplasto de agua de mar al día siguiente en cuanto te levantes.
Vuelves a ponértelo al día siguiente: en la playa, en casa, en el coche cuando vas de copiloto…, y a la noche del segundo día, tus familiares ya te lo confirman: “Sí, sí; ¡es más pequeña!”. Sientes que estás viviendo un milagro. Sigues aplicando el Bálsamo de Fierabrás del mar océano con una ilusión desbordante, hasta que al tercer día ocuurre el milagro…
En el tercer día, las verrugas caen de la frente como una postilla de una herida que se desprende cuando está seca, y en su lugar aparece como una herida en carne viva. Llamas a todo el mundo para que lo vea: “¡Cayeron como la costra de una herida!”, y entonces dudas: “¿Qué hago ahora?” Ha quedado como una herida. Pues le sigues aplicando más emplastos de agua salada, cruzando los dedos para que la herida de la frente cure bien con ella.
Efectivamente, la herida en carne viva va perdiendo poco a poco su viveza…, se apaga y va adquiriendo color carne… “¿Quedará alguna marca”, piensas, y para sorpresa de propios y extraños, y como por milagro nunca creíble, ves como de las dos verrugas y el lunar no queda ni rastro… Ni el lunar me dejó…, quedó todo limpio como la piel de un bebé…
Mi abuela no entendía como era posible, mis amigos, sorprendidos, preguntaban… “Me quité las verrugas con agua de mar”, e intentaban aceptarlo por confianza de mi palabra, pero alucinados por la noticia: Unas verrugas que más parecían un tumor canceroso que en dos meses empezaba a salir disparado de mi frente, terminaba totalmente raída y eliminada por agua de mar…
Nos quedaron a todos las ganas de publicarlo en una revista especializada, pero por ahora no hay más forma de hacerlo público que a través de esta página web. Comprobad vosotros mismos los efectos beneficiosos del agua de mar sobre vuestras verrugas o imperfecciones de la piel, y ya me contaréis vuestros resultados.
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LA RENTABILIDAD DE LAS PÁGINAS WEB
19. Noviembre 2008 por admin.
Si una página web te reporta 19 € al mes por publicidad, puedes pensar que tienes una birria de página web y que más te vale encontrar un buen trabajo que te saque de pobre, porque internet no lo hará.
El caso es que debes plantearte la situación desde otro punto de vista. Piensa en un piso valorado en unos 150.000 €, por el que el propietario pide un alquiler de 320 € al mes a su inquilino. Si le aplicáis la regla de tres a los 19 € al mes que os reporta vuestra página web, habría que concluir que la misma tiene un valor de más de 8.900 €, lo que ya no suena tan mal.
El día en que por vuestra página web (o vuestras páginas webs) consigáis 320 € al mes por publicidad, o porque cobréis a los usuarios, o porque os dan una subvención, o por lo que sea, estaréis sacándole un rendimiento semejante al que saca un propietario de un piso de 150.000 €, y en caso de que alguien quisiese compraros las webs, no deberíais pedirle menos de 150.000 €.
Así que ánimo con vuestra página de 19 €. Mimadla, y en breve os dará 38, y luego 76, 152… Aplicadle la regla de tres, y vuestra sonrisa os acompañará durante todo el camino.
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REMEDIOS Y CURA CONTRA LA GASTROENTERITIS
19. Noviembre 2008 por admin.
El primer consejo es el de acudir al médico, para que estudie el caso en particular y pueda dar una receta apropiada.
La gastroenteritis se caracteriza por continuos vómitos y/o diarreas, ardor en el intestino, heces de muy mal olor…
El médico os puede recetar unas pastillas, muy baratas, que cortan la diarrea de raíz, y en casos agudos os puede poner una inyección en el trasero para daros un respiro.
Aunque parezca increíble, a partir de aquí ya no es cuestión de tomar fármacos, sino de seguir una dieta rigurosa. El que se la salte, volverá al punto de partida con una dolorosa recaída.
PRIMER DÍA:
Las primeras 24 horas hay que dejar de consumir alimentos, para que la flora intestinal vuelva a regularse. Durante estas primeras 24 horas se puede tomar suero fisiológico, de venta en farmacias, o bien se puede hacer un preparado en casa a base de lo siguientes ingredientes:
-
- 8 cucharadas (de postre) de azúcar.
- El zumo de 2 limones.
- Una cucharada rasa (de postre) de sal.
- Una cucharada escasa (de postre) de bicarbonato sódico.
En todo caso, tened en cuenta que el compuesto que podéis comprar en la farmacia es muy barato, por lo que os aconsejo que compréis el de la farmacia.
SEGUNDO DÍA.
- Hay que seguir tomando el suero.
- Arroz cocido con aceite y sal. El que quiera le puede añadir limón.
- Pollo hervido.
- Consomé.
- Manzana rayada.
- Zanahoria cocida.
TERCER DÍA.
- Hay que seguir tomando el suero.
- Pescado blanco cocido.
- Carne de cordero, ternera o pollo cocido.
- Arroz cocido.
- Caldo de pollo.
- Pan tostado.
- Membrillo.
- Manzana rallada.
- Yogur natural.
A estas alturas ya debes de estar bastante repuesto y casi viviendo con normalidad. Pero debes mantener esta misma dieta del tercer día un par de días más. No os confiéis pensando que ya está todo conseguido. Si no notáis mejoría, hay que volver al médico, para que investigue si tenéis otra cosa que no sea gastroenteritis.
Está especialmente PROHIBIDO ingerir, mientras dure la dieta, lo siguiente:
- Patatas.
- Leche de vaca.
- Huevos crudos.
- Verdura cocida o cruda.
- Legumbres secas.
¡Mucho ánimo y paciencia!
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NOS ADHERIMOS A LA CAMPAÑA DE ANTENA 3 “PONLE FRENO”.
30. Octubre 2008 por admin.
En 2004 murieron en España en accidente de coche 4.741 personas; en 2005, 4.442; en 2006, 4.104; el año pasado 3.823… Podéis ver las estadísticas pinchando en el enlace.
La cosa va mejorando, pero aun así la cifras son terribles. Entiendo que está más que justificado que todos contribuyamos a concienciarnos del peligro de incumplir las normas de circulación, y desde www.mispoesiasdiarioscuentosyrelatos.com.es lo hacemos pidiendo vuestra adhesión a la campaña de Antena 3 “PONLE FRENO”.
Ojalá que gracias a esta iniciativa se salven muchas vidas.
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CARMEN
20. Agosto 2008 por admin.
CURSOS CEAC: Técnicos empresariales, belleza, salud…
ORGANIZACIÓN DE CONSUMIDORES Y USUARIOS
WEBMEDIAPLAYER: 500 canales online gratuitos
En un colegio gallego de cuyo nombre no puedo acordarme, teníamos un sacerdote llamado don José Antonio, obsesionado con la existencia de un ser maravilloso y divino, dotado de superpoderes, que era el creador de todo lo habido y por haber. Siempre nos dejaba estupefactos y atónitos con sus historias de ciencia-ficción en las que la magia, demonios y fuerzas se entremezclaban en un ambiente mítico donde al bueno del hombre todo le parecía posible. A nosotros quizá sólo nos hubiesen llegado sus historias como simples cuentos para pasar el tiempo si no fuese por la vehemencia, el encendimiento, la pasión, la certidumbre, la seguridad con que nuestro profesor nos las contaba. Nos daba aquellas narraciones como ciertas, nos juraba que lo que escuchábamos podía pasarnos en la realidad y que debíamos permanecer alertos, siempre despiertos, ojo avizor, para que la calamidad que sufría el personaje no nos pasase a nosotros. Alimentados por tales relatos, a nosotros, los alumnos, se nos daba a veces por juntarnos con el cerebro todo liado para mirarnos a los ojos y preguntarnos si todo aquello sería verdadero. Queríamos decirnos que no, pero el ascendiente y la autoridad de nuestro profesor de religión pesaba demasiado en algunos y por momentos pasaban éstos a tomar lo que siempre habíamos calificado como locuras antediluvianas como fuente de conocimiento de una “verdad verdadera” que podría revelarnos misterios a cuyo conocimiento no podrían llegar los hombres de otra forma.
El temor a las clases de religión era similar al placer que las mismas nos iban a producir. El cerebro se ponía a prueba en cada sesión; un desafío para nuestras mentes infantiles eran aquellas narraciones fabulosas que en suspenso siempre nos mantenían hasta el final, un final que a las veces no llegaba hasta varios días después. Creo por momentos que aquellas clases, más que de religión, eran de literatura religioso-fantástica, porque don José Antonio apenas nos enseñaba lo que venía en el libro sino que se engolfaba encendido por su vena literaria en las historias mágicas, y dejaba aparte lo que en otros colegios los alumnos aprendían en las clases de religión.
No todos los temas le eran igualmente dignos de estudio y análisis para él. En mi colegio éramos todos chicos, no había chicas, y a don José Antonio le preocupaba el mundo que nos íbamos a encontrar al salir afuera y relacionarnos con ellas. Quería advertirnos de los posibles peligros, y creo yo que no tanto con fines morales que se acomodasen a la religión que él seguía, sino para que en ese contacto con la otra parte de la humanidad no se destruyera nuestra nave, que no zozobrásemos víctimas de una tempestad que nos hiciese perder el juicio y morir ahogados en mitad de la procela…
Querría haber visto a don José Antonio hablando a un auditorio compuesto exclusivamente por chicas: ¿nos habría pintado a nosotros los chicos también como un peligro y una causa de perturbación para los ánimos? Tal vez para crear ambiente de camaradería se ponía de nuestra parte, marcaba tajantemente las diferencias entre ellas y nosotros y nos hacía verlas como algo enteramente distinto, pero ¿por qué?
Don José Antonio decía que nos contaba todo aquello porque en el pasado muchos hombres habían sufrido y quería prevenirnos, para que supiésemos manejarnos en trances similares y no batiésemos contra los escollos. Decía que el ejemplo de los demás podía valer más que una biblioteca entera de libros con definiciones sobre religión católica. A nosotros su convencimiento nos hacía sospechar y llegábamos a barruntar que las historias que él contaba como ajenas fuesen en realidad propias y que el condenado sacerdote hubiese sido cocinero antes que fraile en temas que entonces los rubores inculcados tras la ordenación no le permitiesen confesar como de su dominio.
De todas las historias que nos fue relatando en los tres largos años que nos dio clase hubo una infinidad calificables como fantásticas y estupendas, pero hay una que yo recuerdo muy bien y que me repito muchas veces, y la visualizo en mi mente, y la sigo más con la mirada que con los oídos. Nos la contó un día que llegó como si hubiera acabado de salir de alguna experiencia mística en la que ciertos arcanos de la realidad le hubiesen sido descubiertos y ya con una extraña lucidez todo lo comprendiera en la vida del hombre. Parecía como si Dios le hubiera revelado un secreto al oído y él a su vez nos lo estuviese revelando a nosotros para abrirnos el alma a una verdad más que nos habría de enriquecer.
Llegó con la mirada fija en su mente, con zancadas largas, se sentó con toda rapidez y confianza, sin parafernalias, en el asiento del profesor y directamente, sin prolegómenos, se puso a decir:
“Hubo un momento en la historia reciente de la Humanidad en que Dios vio que la Tierra se estaba convirtiendo en un planeta oscuro, que lo gris triunfaba sobre lo blanco y reluciente, sintió que la vida de la Humanidad se apagaba, que las sonrisas se amortecían en los rostros de los humanos, que los corazones callaban en vez de cantar, que los gorriones volaban ya por el cielo sin piar, indiferentes a cualquier rayo de sol que los viniese a despertar. El rostro del mar estaba macilento, las olas no hablaban – rugían-, el cielo había perdido su color, los campos su frescor…
Dios se entristecía contemplando el marchitamiento de su creación, el ajamiento de aquella Naturaleza verde que siempre había dado tan buenos frutos, y acariciando sus barbas bondadosas pensaba en algún paliativo para su querido planeta, en alguna solución para tanta decrepitud, una energía para superar el abatimiento, una ilusión que arrastrase a todo el orbe hacia la luz. Pensó primero en la posibilidad de dotar al mundo de un nuevo Sol para iluminarlo todo doblemente y ahuyentar así toda oscuridad de la faz de la Tierra y de la profundidad del alma de los hombres, pues la irradiación lumínica es estímulo intenso al que sus hijos eran sensibles en extremo. La descartó al poco por abrumarle la idea de tener que adaptar todo el cosmos a la existencia de un nuevo Sol. Pensó más tarde en rociar la superficie de la Tierra con un soplo vivífico que desde sus entrañas la resucitara de su apagamiento y la dotara de nueva lozanía prolífica y ubérrima que de vitalidad recubriese toda la piel terráquea. Sería bonito ver toda el alma telúrica del planeta Tierra rejuvenecida hasta tal extremo por la gracia de Dios, y al propio Creador aquella segunda posibilidad no le pareció mal, aunque fijándose bien en el problema que traía entre manos, pensó que siendo lo capital el estado paupérrimo y desvigorizado del alma de la extirpe de los adanidas, no sería lo más lógico centrar el remedio en el alma general de la Naturaleza…
¿Qué haría entonces nuestro Padre Dios en tal extremo? ¿Cuál sería la solución propicia u adecuada que viniera a enjugar las lágrimas de los ojos de la Humanidad y alegrar su espíritu ensombrecido? Meditaba el Creador diciendo:
- Fui cicatero a la hora de dotar de hermosura a este mundo mío. Quise hacer bonitas las estrellas, me esforcé por hacer lucidos los rayos del Sol, por esmaltar los campos con los más delicados colores, por dar intensidad y nobleza al vigoroso océano y motear los cielos con aves variopintas de lindas alas revoloteadoras. A todas las fuerzas de la oscuridad parecía haber vencido tras haber torneado con mis manos la última brizna de hierba. Parecía que la balanza fuese siempre a inclinarse del lado de la luz y la beldad, sin posible trastocación de las proporciones y de las cantidades. Contemplando todo aquello yo me holgaba infinitamente y a mis ojos no parecía llegar a cansar aquella visión rutilante que la vida me ofrecía sobre el planeta azul. Y se me ocurrió por amor a la floritura y a la filigrana rizar el rizo y hacer aparecer entre sus árboles y arbustos un ser semejante a mí, superior en inteligencia a todos los que lo rodeaban. Sería tan preciado ese ser para la Tierra como los ojos para una cara, como la sal para las viandas, como la luz para el día de verano. Algo salió mal en el último momento, algo aprendió ese ser semiindependiente, en algo se descarrió con respecto a su primigenia naturaleza y el espectáculo de belleza se tornó en paroxismo de pasiones que fueron recibiendo nombre a medida que el hombre las iba haciendo salir de su corazón.
Les mandé a mi Hijo para morigerar sus desenfrenos y locuras, les mandé a una costilla mía con la que Yo mismo me identificaba para enderezar lo torcido y sanar lo enfermado sin traspasar en mucho las leyes con las que dotara ese universo. De nada sirvió haberme entrometido en sus asuntos de esa forma tan directa. No, no era ésa forma de convencer a los hombres, predicándoles lo que yo quería decirles, haciéndoles tragar un plato que no tenían capacidad de digerir. No supe descender, ponerme a la altura y saberlos tratar. Una insinuación hubiese servido más que mil palabras dictadas por mí desde los Cielos. Una gota más de belleza sobre la tierra hubiera influido más en su interior que los sermones diarios de aquellos siervos míos tan fieles. Los hombres son seres sensibles a la belleza. Si los hubiera acostumbrado más a estar rodeados de ella hubieran detestado en mayor medida la fealdad de las inclinaciones aviesas que por arte de magia le fueron llevando desde pequeños hacia la belicosidad, la destrucción, el aniquilamiento, la consumición…
Ay, por favor. Mayor belleza tenía que haber espolvoreado por esos valles, por esas tierras. Los hombres hubieran notado su presencia y se hubieran adaptado a ella, acomodando su espíritu a su luz, a su magia. Aún estoy a tiempo de proporcionársela…, creo que aún podría recurrir a la sensibilidad que les quede en el corazón para aplicar el remedio por esta vía que a su independencia deje casi intacta. Yo no volvería a meterme en sus asuntos si no fuera porque este color gris que ha sucedido al azul luminoso del cielo no estuviera agobiando ya a mis ojos, que yo también disfruto con lo bello y de ello siempre me rodeo.
Pero esta vez no puedo fallar.
Hum…; veamos, ¿qué anda dando vueltas por mi mente? Espero no caer en locuras ahora que estoy en el momento decisivo de la obra. No, no está mal pensado. Belleza, ¿aplicada a qué? ¿No sería mejor concentrarla en una persona, en su espíritu, para que el mundo sea como una luz renovadora? No sé, esto mucho se me parecería a lo que intenté con Jesús, aunque a él le inspiré impulsos demasiado vehementes, con lenguaje fustigador no siempre capaz de ganarse a los circunstantes, y acabó granjeándose las enemistades de un montón de los de su época y lo cosieron con clavos, azotes y espinas hasta dejarlo sin vida en lo alto de la cruz.
No, no quiero que eso suceda de nuevo. Si concentro toda la belleza que estoy dispuesto a conceder en una persona, ésta ha de ser conciliadora, una persona de suaves palabras, de delicadas maneras, de encantadora conversación, que sepa insinuar con un gesto todo lo que uno quisiera decir con mil palabras, que sepa captar a sus interlocutores… La gente ha de ver en ella un bálsamo para sus crispaciones, un aire limpio para sus más oscuros pensamientos, una caricia para su tensa mirada, un beso para su corazón de hielo. Sí, lo haré…, a una mujer, no a un varón, a una mujer bendeciré con la gracia embellecedora de mi poder, y el mundo jamás habrá visto sol semejante en toda su historia, porque aplicaré en la obra toda mi maestría y arte, que son infinitos, y todo el universo se conmoverá de tal forma que, al terminar mi empeño, conocerá a otra Persona que añadir a la Trinidad, y no dudará en adorarla a Ella como si Yo mismo fuese”.
Don José Antonio paró un momento en este punto como si repetir las palabras de Dios le hubiera supuesto un gran esfuerzo del que tenía que recuperarse. Nosotros aprovechamos para removernos en nuestros asientos. Acabábamos de escuchar la voz de Dios, casi. Jamás lo habíamos sentido tan próximo a nosotros y una gota de sudor nos recorría a cada uno por la sien. Aquella historia parecía que iba realmente en serio. El propio Dios en persona se encarnaba en uno de los personajes y participaba directamente en el desenvolvimiento de los hechos. Eso estremecía.
Don José Antonio cambió entonces el semblante y nos miró fijamente. Todos callamos en el acto y abrimos los ojos y los oídos para concentrarnos en lo que iba a decir:
“Pero el Demonio, ese ser maligno y perverso al que todos conocemos, había estado escuchando recatado tras una nube negra los desenvolvimientos que había ido haciendo nuestro Padre en su intento de hallar remedio a la postración de su creación y con la nueva información hirviéndole en su cerebro bajó de los límites superiores de su mundo y convocó a su senado de diablos para comunicarles la nueva situación que se avecinaba y darles cuenta de su aviesa voluntad. Dijo el Demonio:
- Sabed que Dios se ha dispuesto hacernos la guerra de nuevo creando de sus manos un diamante más brillante que el propio Sol, con el que remozar la llama de la vida que alumbra el espíritu universal de la humanidad. Si alguna vez queremos ser nosotros los señores de ese feudo humano y hacerme a mí Rey de todo lo creado por Dios, debemos adelantarnos a su movimiento, ganarle la acción, y conseguir de nuevo que sus esfuerzos redunden en nuestro beneficio como antaño lo logramos con la llegada de su Hijo.
No, no os revolváis ni os alborotéis por la noticia, que ya tengo Yo todo ideado y preparado para lo que llegare. Si su poder es incontrastable, también lo es nuestra picardía, nuestra malicia, ingenio y sagacidad, a más de que poder tampoco nos falta y contamos con amplio repertorio de ases en la manga para ir a la partida con buenos presagios en el corazón.
Ved lo que pasará: En breve Dios mandará todo su poder sobre una niña recién concebida por dos humanos para dotarla de la belleza espiritual propia de los ángeles y hacer de su alma un venero imparable de belleza que revoque de la Tierra los vientos agrisados que últimamente la están envolviendo en un ocaso premonitor de los días más negros que la Humanidad haya visto jamás.
Nosotros nos acercaremos embozados en ropas de invisibilidad a la bola chisporroteante de poder que Dios envíe de los cielos a la Tierra y haremos lo imposible por dirigirla a su cuerpo en vez de a su espíritu. Entonces habrá belleza sobre la Tierra, pero de la que es capaz de levantar fuegos que arrasen todo el planeta. La fuerza de Dios actuará de esa forma a nuestro favor y podremos asegurar que la ansiada noche se cernirá sobre los hombres durante lustros con mayor violencia, como preludio de la Gran Noche que al final conseguiremos llevar sobre su existencia.
No lo dudéis; entre el estímulo que supondrá esa niña cuando sea mujer y la influencia que tenemos de modo natural sobre el resto de los humanos, rápidamente lograremos que se rasguen las telas del firmamento con lamentos y gemidos…, música para nuestros oídos.
El Demonio calló, don José Antonio calló también, nosotros no podíamos ni hablar y suspendidos por el terror, habíamos llegado a olvidar el respirar. El Demonio iba a triunfar sobre Dios, lo estábamos viendo…, lo estábamos casi viendo…, y nos daba miedo el pensar que ni el propio Dios podría oponerse a Belcebú.
La maldita campana sonó incordiante anunciando el final de la clase. ¡Maldito recreo! Creo que todos hubiésemos dejado a un lado el recreo para seguir atendiendo a nuestro maestro. Lástima que nadie se lo hubiera dicho en el momento, pero es que nadie se atrevía a hablarle y menos cuando como hoy nos llegaba tan concentrado y vehemente.
Durante toda la tarde estuve pensando en mi casa, en mi habitación, sobre la historia de aquel día. Me parecía raro que a Dios se le pasasen por alto esas intervenciones del Diablo en las ejecuciones de sus designios. Un ser omnisciente tenía que saberlo. ¿Estaba Dios tan mayor y desgastado que sus facultades comenzaban a fallarle? ¿Estaría Él también cercano a algún ocaso divino que le afectase? Quizá un ser, para ser perfecto, no tendría que ser como nosotros creíamos que era la perfección. Quizá Dios era perfecto aun teniendo achaques y flojeras. ¿Quiénes éramos nosotros para determinar en qué consiste la perfección de manera absoluta? Con lo poco que se sabe, ¿cómo iba uno a entrar en honduras semejantes? Estas cosas me preguntaba yo aquella tarde, y aquella noche, y la mañana siguiente…
La nueva clase de religión llegó. Yo la esperaba con afán. ¿Qué me importaba el resto? Yo sólo quería que continuase aquélla historia, que don José Antonio volviese a hablar y que yo encontrase alivio para la comezón.
Don José Antonio entró. Creo que masculló un “buenos días” por lo bajo. Se sentó a su mesa y nos dedicó una prolongada mirada. Habíamos hecho bastante jaleo aquella mañana en clases anteriores, pero cuando don José Antonio empezó a mirarnos ya nosotros estábamos en sepulcral silencio. Como si entrara en trance, vimos cómo se sumergía en su mente para luego volver en sí y decirnos:
“Y Dios bajó de sus cielos a la Tierra en aquella ocasión, sorprendiendo a los propios ángeles, que raras veces a lo largo de la eternidad se lo habían visto hacer. Exploró nuestro buen Padre los campos que habían nacido de su voluntad, sus plantas recorrieron carreteras y caminos, sus piernas lo llevaron por todos los pueblos y ciudades de la cristiandad y del resto del mundo. Sus ojos se fijaban en el corazón de todos los hombres, sus oídos en el canto de la Naturaleza. Se detenía por veces a escuchar el trino arpado de algún pajarillo, a beber las aguas cristalinas de algún arroyuelo montañés. En las ciudades las personas ocupaban toda su atención, a todas las calaba, a todas las sondaba y de todas supo lo que había en lo más profundo de su ser.
Durante dos días recorrió Dios la Tierra. El orbe entero había revisado. Su razón le indicaba que la ciudad de Nueva York podría ser la ideal para beneficiarla con la presencia de esa niña que cuando llegase a mujer inundaría los cielos de aire nuevo. Nueva York era una ciudad multicultural y multirracial que podría enriquecer infinitamente a su bendecida niña. Pero pensó que el entorno no importaba mucho para una mujer que sería iluminada desde el interior por una fuerza nutricia especial que Él le conferiría en el momento de su concepción. Además, el corazón le tiraba más por la ciudad de México D.C., en la que Él se había encontrado tan a gusto, y en la que estaba seguro que la elegida sería mejor entendida.
Por un día estuvo debatiendo consigo mismo en su cabeza sobre si elegiría Nueva York o México D.C. A ratos se decantaba por una y a ratos por otra. Cuando le llegó la hora del sueño las dos ciudades bailaban en su mente sin que Él pudiera echar mano a una de ellas para acabar con la indecisión. El sueño de Dios empezó siendo turbulento, pero llegada la medianoche, la calma llegó a su cuerpo y se serenó. En su mente apareció el recuerdo de un lugar plácido separado de todos los caminos, adonde las olas perdidas del Atlántico había visto llegar con un azul profundo. Vio el puerto amigo plagado de esfuerzos pesqueros, casitas al pie de una sierra, prietos bosques de árboles que apuntaban al cielo, ríos que descendían vertiginosos hasta la ría común formando un estuario en su desembocadura, campos verdes alimentados con la savia de las montañas, y ese nombre agradable y amativo que se repetía en sus oídos como una música relajante, como un beso en las mejillas de su alma.
“Cariño”, dijo, y una lágrima le resbaló por el vértice del ojo hasta caer sobre la tela blanca del almohadón. “Cariño”, repetía entre sueños, y se imaginaba que era un niño acurrucado al socaire de una sierra que lo resguardaba de cualquier viento frío que pudiera alcanzarlo.
Abrió los ojos y ya no se acordó ni de Nueva York ni de México D.C. Su mente se había fijado para siempre en un pueblecito español del noroeste peninsular al que los lugareños llamaban Cariño, y ya nada en el cielo o en la tierra podía hacer cambiar su determinación de hacer de aquel recogido lugar la cuna de la segunda luz más hermosa de la historia de la Humanidad”.
En aquel momento algunos aprovechamos para echar una mirada a Roberto, que era de Cariño. El hombre estaba pálido mirando al frente, a donde don José Antonio estaba. El hecho de que Dios hubiese clavado sus ojos en su pueblo y lo hubiese elegido para hacer de él una nueva Belén, lo tenía sobrecogido. En el ambiente se respiraba ese versículo de la Biblia que decía: “Y tú, Cariño, no serás el último de los pueblos de la Tierra…” o que creímos oír así en esos momentos. La pausa fue breve.
“Le quedaba por determinar al Altísimo la fecha en que entregaría a la humanidad el preciado tesoro de su fuerza espiritual. Nuestro Padre creyó sentir los primeros vagidos de la niña, el primer despertar, el momento en que fuese a salir del claustro materno y la luz del mundo se la presentaba a su madre por primera vez. Dios se enterneció sobremanera. Se acordó del nacimiento de su Hijo en aquel pesebre de los arrabales betlemíticos, del fervor de los adoradores pastores, de los reyes del este con sus aguinaldos… y al cabo dijo:
- Un regalo para la humanidad. ¿Qué más que un regalo para mis hijos, el más valioso, será ese espíritu divino que en el cuerpo de una humana llameará con viveza para el beneficio de todos? Un regalo es, un regalo y una ayuda que yo deseo que les llegue en una Epifanía, en un seis de enero, para que mientras ellos se hagan regalos yo al mismo tiempo les ofrezca el mío. El seis de enero nacerá la rosa, el seis de abril se engendrará; ese día estaré yo alerto en mi trono, y desde mi Majestad enviaré a esa primera célula la gracia divina que alimente desde entonces su mundo interior.
Dios paseaba por una calle de Cariño mientras se formulaba una última palabra: ¿Quienes serán sus padres? Un aroma delicioso pasó entonces por su rostro transportándolo de gozo. Miró hacia donde provenía el olor y vio una perfumería. Entró en ella y sus ojos se pararon en un mozo que estaba colocando frascos en un anaquel.
- He ahí el bienaventurado padre de la criatura.
Y caló su espíritu con una sola mirada para saber todo sobre ese chico, y en su corazón vio a la que sería la madre de la que sería ungida con óleo de las estrellas.
- He aquí la madre de la bendecida.
Salió Dios de la perfumería y caminó hacia el norte hasta llegar al cabo Ortegal, que está próximo al pueblo. Allí contempló por un momento la inmensidad del mar y respiró tranquilo. El trabajo de aquel día estaba hecho. Besó la tierra y alzó su vuelo hasta el Cielo, junto a los ángeles que lo habían visto descender a la Tierra.
Era el uno de abril de 1978 d. C. Los días parecía que no acababan de pasar. Los ángeles y los demonios se revolvían inquietos esperando la llegada del día señalado. Dios meditaba en su trono mientras el Demonio entrenaba sus músculos para ser capaz en el último momento de divertir la senda del poder de Dios y reconducirlo hacia el cuerpo de la niña.
El día cinco de abril d e1978 d.C. el infierno hervía al rojo vivo, la histeria dominaba a todas las criaturas; quien no gritaba hasta echar el corazón por la boca, se arrancaba los nervios de los brazos a tiras a causa de la tensión; el fuego apretaba con toda su fuerza y en las calderas los condenados lanzaban a todo moler paladas de carbón que se incendiaban de contado para recalentar con más viveza las llamas del mundo subterráneo. El Demonio no paraba de tomar sangre menstrual y placentas humanas que vigorizaban todo su cuerpo y le llenaban de una energía incontenible. Se sentía tan fuerte en aquella hora trascendental para el mundo que al mismísimo Dios creería vencer si en un duelo a muerte de solo a solo con Él se batiese con las manos y el encendimiento del corazón como únicas armas de combate…
En el Cielo la luz clara del Espíritu Santo, que es como la de un amanecer limpio, se había potenciado hasta convertir al Edén en un paraíso de luz vigorosa que a todos sus habitadores los inflamaba de gozo y alegría. Todos los ángeles celestes volaron en aquella víspera hasta el suelo cariñense y esmaltaron todas sus tierras con flores recogidas en los jardines privados de Dios. Un suave aroma que invitaba a la cordialidad, a la amistad y al amor se marchaba de sus corolas, y todos los que al día siguiente estuvieron en Cariño pudieron respirar aires que eran como besos y caricias para los sentidos. Dios había conseguido la atmósfera ideal para el ayuntamiento de los padres de la jovencita que sería para Él la niña de tus ojos, su mejor creación.
El día seis de abril llegó. La incandescencia y calentura de los infiernos parecía querer trastocar el orden del universo y extravasar su alocada temperatura de los límites de su mundo. Dos jóvenes se desvestían en una habitación entre mimos y ternuras. Dios preparaba entre sus manos la bola lumínica que contendría todo su poder. Dos jóvenes desnudos se revolvían sobre las sábanas blancas de una cama. La primavera había hecho renacer la vida, había insuflado a todas las criaturas fuerza prolífica, había cambiado en el firmamento nubes por sol y había hecho aparecer cada día con una infinita sonrisa.
El día seis de abril había llegado. El amor había tomado las calles de Cariño, la pasión se había desatado por todo el pueblo, los actos sexuales se multiplicaron por toda la zona, el deseo de procrear parecía insaciable, los corazones no dejaban de palpitar, la sangre de correr por las venas, y los abrazos y las ternuras se prodigaron sin cuento durante aquel día mágico. Dos jóvenes porfiaban en su deseo de amarse. Dios alzaba su mano desde su Cielo. El Demonio acechaba embozado tras un manto que lo hacía invisible. Un joven eyaculaba en pleno paroxismo de placer. Dios abría los ojos. El Demonio preparaba sus brazos. Un espermatozoide precioso encontró en un óvulo sin par su tierra prometida. Dios lanzó desde su Reino su maravillosa bendición. Una esfera de luz atravesó los aires, el Demonio salió de su escondrijo como una exhalación, la esfera entró en Cariño, el Diablo se pegó a ella como una rémora, los dos se precipitaban hacia el útero de la muchacha, el Demonio apeló a todas sus fuerzas y en el momento en que la luz de Dios tomaba contacto con la parte espiritual de aquella primera célula recién formada el Demonio tiró de la esfera con toda su alma hacia la parte somática del nuevo ser.
La esfera se dividió en dos partes, y cada una se encerró en aquella primera célula para afectar el día de mañana a la parte correspondiente de la nueva persona formada. El Demonio salió disparado en cuanto las dos esferas alcanzaron su destino. Inconsciente, con la mitad de huesos partidos, quemado en la cara y en las manos, fue a caer a las afueras del pueblo, donde sus siervos fueron a recogerlo para llevarlo a su Reino, donde el descanso, los bebedizos y el fuego azufroso lo recompondrían de sus quebrantos. Dios parpadeaba preguntándose si todo habría ido bien. Algo raro había notado, pero acabó convencido de que había sido simplemente la emoción del momento lo que le había pasado por delante de los ojos turbándole un tanto. Todo había ido bien, ¿cómo no? Y con esa convicción se retiró a sus aposentos a descansar. Los dos jóvenes quedaron dormidos abrazados, ajenos a todos los trabajos de los seres sobrenaturales, soñando con su amor y con los días de felicidad que habrían de vivir juntos…”
Necesitábamos un descanso. Teníamos que asimilar todos los datos. Había que pedir un respiro para no acabar desbordados por la historia. Lo divino había traspasado las fronteras de su mundo para afectar al nuestro. Ese era el punto en el que todas las historias nos hacían dudar. La experiencia nunca nos había dado indicios de la posibilidad de esa injerencia celestial, aunque todos éramos conscientes de que asumiendo esa verdad muchas cosas encontrarían su sentido y su lógica. ¿Qué haríamos esta vez? Antes de decidir teníamos que esperar a recibir más información. ¿Quién era esa niña? Mil novecientos setenta y ocho había pasado hacía veinte años. ¿Dónde estaba esa chica ahora? ¿Cómo es que en Cariño nadie se hubiera enterado de su existencia y no fuese ya famosa, conocida en todo el mundo? El propio Roberto tendría que conocerla al menos, así que ¿por qué nos quería engañar con una historia que cualquiera podría echar por tierra al contrastarla con la realidad? ¿Y cómo se había enterado él de todo lo sucedido?
¿Sería quizá que todo nos lo presentaba Don José Antonio como una metáfora de algo sucedido realmente y que su forma de contarlo apelando a dioses y demonios era sólo un modo de acercarnos a lo que era real y cierto? No, no podía ser una mentira lo que alimentaba el convencimiento de don José Antonio. Una mentira no podría haber impulsado con tanta pasión aquella voz exacta en sus descripciones. Don José Antonio sabía algo, tenía un soporte veraz para la historia, esa historia que aún estaba por llegar, una historia que empezaba ahora, que nos mostraba ahora su verdadera cara.
Literatura para los labios de don José Antonio. Era legítimo que nos presentase la enseñanza en los ropajes que él tuviera por convenientes. Casi nos convencía de que la ilusión era realidad, pero ahí estábamos nosotros detrás para separar el trigo de la paja, para quitar el envoltorio al turrón que queríamos comernos, y distinguir lo que era imaginación de lo que era tan cierto como nuestra existencia y nuestra presencia en el mundo.
Algo había pasado con la chica de Cariño, que por lo que se deducía de la historia debía ser tremendamente atractiva. Este sí que era el campo en el que don José Antonio se movía bien. Si nos había dicho que Cariño era su patria chica, eso podíamos darlo por cierto. Esa chica era de Cariño, y su padre tenía una perfumería. ¿Pero qué más? ¿Qué había sido lo que había pasado? Que volviera a hablar, necesitábamos que siguiera hablando…
“La niña fue creciendo en el seno materno. Su padre irradiaba a cada momento una alegría inmensa, toda la casa esperaba ansiosa la llegada del día en que pudiera abrazar a la criatura, una felicidad inusitada se había alojado en el corazón de todos y cada jornada era un día de ilusión para los que cerca de la madre la pasaban. Su madre había sufrido con la llegada de este su segundo embarazo una transformación en todo su ser. Sus labios se embellecían, sus ojos adquirían un brillo especial, sus cabellos redoblaban su salud y suavidad, su sonrisa reflejaba una gracia especial…
La hija que llevaba en el vientre había empezado a ejercer su influencia hermoseadora sobre el mundo en su propia madre, y el hecho se hacía patente a cuantos le rodeaban. Aquella niña sería algo especial que habría que ir descubriendo en cuanto naciera.
La brisa de una noche serena y mágica, en la que los Reyes Magos del Este que adoraron en su día al Rey Jesús recorren las casas de todos los niños del mundo, se llevó por los aires la hoja del calendario que marcaba el cinco de enero y el esperado día seis llegó para todos. A altas horas de la madrugada la madre de la niña se despertó sobresaltada con dolores de parto. En coche se acercaron al hospital. La madre se preparaba para el trance, el padre esperaba acezante, y cuando el primer rayo de sol despuntó en el horizonte en aquel amanecer, la gloria de la humanidad nació entre los placenteros gritos de su madre.
Vagidos infantiles, un aseo rápido, el abrigo de una toalla limpia y la niña que ya junto a su madre abría los ojos para probar la caricia de la luz.
La familia de la niña se volcó en el cuidado de la recién nacida. A todos encandilaba su belleza, a todos atraía y por ella se desvivían tratando siempre de agradarla, de encontrar su sonrisa detrás de cada gracia y carantoña que la hacían. Su mirar era como un bálsamo para todos los que se acercaban. Los vecinos parecía que vivían más en la casa de la pequeña que en la suya propia, y los padres, lejos de celarse, vivían encantados de que su hija fuese el centro de atención de tanta gente conocida.
Había que ponerle un nombre a aquel Sol que con ropitas rosas dormitaba en su cunita de madera, a aquella Felicidad que te sonreía cuando la cogías en brazos, a aquel Tesoro infantil que robaba los corazones de todos los que la veían.
Se bajaron cientos de nombres, las listas no parecían tener fin, las propuestas no paraban de presentarse, las veces que sus padres se repitieron mentalmente cada nombre probando su perfección eufónica no tenían cuento, y las dudas se multiplicaron hasta el final.
Llegó el día del bautizo antes de lo esperado. La madre había ido con la niña a hablar con el cura de Cariño para concertar el día del bautizo. Esperaba bautizarla cualquier domingo del mes siguiente. El cura hablaba con la madre sobre el tema sin mucha gana, pero al fijar sus ojos sobre la niña quedó helado, quedó hipnotizado por la fuerza atractiva de la mirada de aquella niña de pocos meses. El corazón se le paralizó al ver aquella imagen angelical. La cogió en brazos en plena estupefacción, sintió que al propio Dios tenía entre sus manos, y como empujado por una fuerza divina se acercó a la pila bautismal, tomó agua con su mano diestra y la vertió sobre la cabecita de la niña diciendo:
- Yo te bautizo, Carmen, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
La madre quedó estupefacta al ver aquello y miró al sacerdote sin atreverse a decirle que sí o no. El hombre devolvió la niña a su madre.
- ¿Acaba de bautizar a la niña?-, preguntó la madre, sin saber qué cara poner.
- A esta niña la ha bautizado Dios antes que yo, créame.
El bautizo se celebró de nuevo con todas las formalidades tres semanas después. La madre terminó por convencer a todos de que la niña habría de llamarse Carmen. Tenía el encanto de la naturalidad y de las asociaciones marianas que implicaba. Todos saborearon el nombre por un momento, miraban a la pequeña y se imaginaban el llamar Carmen a aquella maravilla, y cuanto más pensaban más agradable les parecía aquel nombre, hasta que ya ningún asomo de duda les cupo y al mirar a la criatura veían a “Carmen” y no a ninguna otra cosa más.
Y pasó el bautizo y la primera comunión. El bebé se había ido convirtiendo en una niña. Guiada siempre por las buenas inclinaciones que le latían en su corazón, Carmen crecía entre el amor de sus padres, de su hermano, de sus amigos, de sus vecinos. Todos la tenían por la alegría del pueblo. Era imposible no rendirse ante su gracia y la lindeza aquella tan cautivadora cuya visión parecía que alimentaba de pura felicidad al corazón.
Pasaron también los años de niña y llegaron aquellos en los que Carmen se convirtió en una mujercita. Fue entonces cuando en el infierno el Demonio convocó de nuevo a sus diablos y les dijo:
- El día en que los Diablos juguemos nuestra mejor baza se acerca. El momento en que Carmen se convierta en una mujer está próximo. Con la revolución de su cuerpo haremos actuar toda la gracia de Dios que fue a parar a su parte corporal. Encenderemos sus carnes con la belleza más rabiosa que jamás se haya contemplado. Tornearemos sus caderas con manos de perfección y ya como un fuego que arrase toda la tierra su venustidad irá rasgando el pecho de todos los varones incitándolos a la guerra, a la destrucción, al aniquilamiento. Su atractivo enajenará a las criaturas de tal modo que el mundo entero enloquecerá y en su delirio se dará muerte a sí mismo abriendo sus puertas al Reino profundo de los Abismo y la Desolación.
Nos lanzaremos nosotros a que todos los varones que la contemplen enfermen de amor por ella y que por ella maten y se coman unos a otros hasta ahogar a la tierra en sangre.
Con doce años, un día de agosto, notó Carmen que salía sangre de ella. Preguntó a su madre si aquello certificaba su condición de mujer y su madre asintió orgullosa del nuevo estado de su hija.
Desde aquel día Carmen sintió que una renovada lozanía le recorría el cuerpo refrescándola, llenándola de una sensualidad inusitada que cambiaba su gracia infantil por un atractivo sexual que a las propias ropas que la cubrían hacía estremecer. Se miraba cada día al espejo y se daba cuenta del poder que iba adquiriendo. Sentía con placer aquel afloramiento de su belleza sexual, aquella fuerza escondida que una sola de sus miradas, una sola de sus sonrisas o un solo movimiento intencionado de su hombro podría desatar haciendo caer al mundo a sus pies.
Pero al mismo tiempo su mente empezó a llenarse de dudas. Poseía una mente autopensante que se enfrascaba en sí misma y que a todo daba vueltas en su interior. Una sola mirada al cielo, un solo pensamiento sobre la vida, sobre el ser humano, y ya Carmen se olvidaba de todo para sumirse en el pensar más profundo. Por momentos, como al que le va mal todo en la vida y ya sólo tiene amarguras entre las que vivir, Carmen se abismaba en una pena verdadera que hacía que lágrimas de cristal se asomasen a sus ojos y cayesen como perlas por sus mejillas. Sus pensamientos podían llevarla a mundos lejanos tan ciertos como aquel que se abría más allá de sus ojos y en el que ella era la reina. Había mundos en los que el alma entraba desnuda de cualquier cuerpo, en los que se entraba sola, y como cualquier ser humano más andaba Carmen por ellos. Algunos se le presentaban tan oscuros que le resultaba imposible que una profunda tristeza no se anidara en su pecho y le produjese unos deseos incontenibles de llorar y ahogar su pena con los diamantes que manaban de sus ojos.
Por un año los sentimientos de tristeza le embargaron el ánimo cada poco. Carmen escribía para sacar afuera su mal y dejar sobre el papel lo que le angustiaba en el interior, y de tanto escribir, de tanto estar a solas con su pesar y hablar con él y conocerlo, llegó el día en que un rayo de sol apuntó para ella por encima de los bosques disipando toda la neblina que ensombrecía su corazón y la calma volvió a su mente.
Carmen era pensativa y profunda. Su belleza exterior no había podido arrastrar a su mente a la superficialidad. El gesto serio la acompañaba siempre y sólo lo dejaba para el diálogo con el otro, en el que ya su sonrisa afloraba rápida y natural, encantadora, y sus ojos parecían hablar a su interlocutor. Ella todo lo meditaba y se preocupaba especialmente por cuál debía ser su comportamiento, qué era bueno y qué era malo, en qué iba a dedicar el tiempo de vida que fuera a tener, cuál debía ser su relación con los demás, y en la conversación siempre prefería los temas relacionados con estas cuestiones. Preguntaba al otro su opinión y escuchaba atentamente. Tan interesada preguntaba, tan cómodo se sentía el otro contestando, que las más de las veces el que le respondía le contaba toda su vida y todo se lo decía como en una confesión confidencial.
Carmen llegaba a asombrarse con ese poder, de ese otro poder, que a la demás gente la llevaba a confiar plenamente en ella y abrirle de par en par su corazón. No había persona que no se sintiese aliviada después de cualquier conversación a solas con Carmen, y todos apetecían su presencia y el calor de sus palabras con las mismas ansias que los niños que desean salir de la prisión de las aulas y respirar los aires relajantes del pasillo.
En Carmen se conjugaban las máximas virtudes alcanzables. Su atractivo maravillaba tanto a hombres como a mujeres. Su poder cautivador era irresistible e incontrastable. No había corazón que no se conmoviera al verla ni mente en la que no atravesase el deseo de adorarla eternamente. Al pueblo entero tenía alterado su belleza, una belleza superlativa e insuperable que aún aumentaba infinitamente cuando a ella su unían las palabras de su dueña y su personalidad quedaba reflejada formando un todo perfecto que presos en la admiración mantenía a propios y extraños. Esa chica era un Sol, una mujer bendecida por la divinidad, un regalo del Cielo, una luz que a todos permitía ver. Quien la conocía no podía evitar el deseo de obsequiarla, de demostrarle su rendimiento, de adorarla, de elogiar sus cualidades…
El Demonio se había equivocado respecto a la reacción de los hombres ante ella. Todos se enamoraban de ella, todos se veían atrapados por su encanto, en todos hacía presa la pasión y los deseos de amar, pero ninguno cambiaba ese sentimiento positivo por ningún otro negativo que al no ser correspondidos les llevase a traspasar reglas y cometer injusticias con tal de poseerla, pues al conocerla dejaban de tenerla por el objeto sexual irresistible que en principio se les presentaba y la persona entera se les mostraba tan amable, tan digna de ser amada, tan gloriosamente perfecta, tan merecedora de felicidad, que huyendo de cualquier inclinación negativamente egoísta, unían su felicidad a la de ella y se desvivían por hacerla feliz y serle propicios como si dependiera su vida de ello, como si su propia alegría dependiera de la alegría de Carmen.”
“Carmen entró en el instituto con catorce años. Allí conoció a un chaval de su edad que se llamaba Jose. Jose venía de Ferrol, donde había estudiado hasta entonces, y no supo de la existencia de Carmen hasta su llegada a Cariño. La existencia de aquella maravilla sobrenatural le había llegado envuelta en rumores que sus vecinos más próximos le habían hecho llegar en las primeras palabras que se había cruzado al presentarse.
El primer día de clase a Jose le pareció más atractivo por el deseo de conocer a aquella Carmen semidivina que por ver el lugar de estudio en el que pasaría al menos aquel curso. Llegó temprano al aula correspondiente y allí aguardó expectante la llegada de aquella muchacha tan fantástica y excepcional; no parecía normal que un pueblo entero estuviera tan revolucionado por la existencia de una chica, por el encanto y atractivo que según todos ella poseía. Los primeros compañeros fueron llegando. A ninguno conocía. Pero llegó el momento en que Carmen apareció en la clase rodeada de compañeros que no dejaban de hablarle y de sonreír con ella. Jose quedó impresionado y absorto en aquella imagen tan deseable que sus ojos le presentaban como en un sueño.
Carmen saludó a todos y todos la saludaron llenos de goza, como si la mismísima causa de su felicidad fuese la que les hubiera dicho “Hola a todos, compañeros”. Carmen advirtió la presencia de Jose, que la miraba atontado, y se le acercó para presentarse:
- Hola. Tú eres el nuevo chico del Sur, ¿no?
- Sí.
- Pues yo soy Carmen-, y le dio dos besos. Jose quedó arrebolado en su fascinación.
- Ya lo sé-, contestó.
- Todo se sabe en este pueblo.
- Todos hablan de ti como si no hubiese nada más de lo que hablar.
A Carmen le gustó la forma directa de hablar de Jose.
- Aquí nos gusta bastante hablar.
- Ya.
El profesor entró en ese momento en clase. Hizo un saludo general mientras subía a la tarima y buscó con la mirada a Carmen, y como si fuese lo más normal del mundo se puso a hablar con ella durante más de un cuarto de hora. El profesor estaba encantado. Carmen hablaba como el oráculo y todos la escuchaban embebidos, más dichosos que unos benditos que mirasen al Padre en su gloria.
Realmente aquella Carmen era una persona excepcional en todos los sentidos y Jose también lo había notado desde el primer momento, en que había sentido que una llama prendía en el pábilo dentro de sí y una luz y una fuerza revitalizaba todo su ser. Jose llegó a su casa a la hora de la comida con andar ligero. Había nubes en el cielo y sin embargo a él le parecía que sólo el azul claro de un día alegre de verano era el que sobrevolaba su cabeza. Desde que aquella chica tan famosa había aparecido por su clase parecía que una gran ilusión explotaba en su pecho, como si una jarra de rayos de sol se hubiese bebido y ya todo le pareciera de color de rosa.
Tenía una sonrisa inextinguible en su boca que no era capaz de borrarse. Comió con toda la felicidad del mundo aquella comida que le había puesto su madre delante, y no habría atendido a la conversación de sus padres si no hubiese sido porque ellos mismos le preguntaron si había conocido a esa Carmen de la que todo el mundo hablaba. A Jose se le subieron los ánimos de golpe, quiso contenerse, pero no fue capaz, y con ganas infinitas desató ante de sus padres todo lo que aquella chica le había inspirado en aquella mañana. Sus padres sonreían al oírlo y levantaban las cejas con las mismas al ver corroborados todos aquellos rumores que ellos habían supuesto exageraciones de pueblo.
Jose hojeaba serio un libro del nuevo curso cuando las cuatro y media de la tarde sonaron en el reloj. Alguien timbró a la puerta y el sonido pareció una repetición de la campanada del reloj. La madre abrió. Era Carmen la que llamaba. El padre se levantó al instante llevado por la curiosidad al saber de lo que se trataba. Ambos padres quedaron embobados al ver a Carmen y llamaron a Jose sin quitarle la vista de encima. Carmen quería dar una vuelta con Jose para que conociera Cariño. Jose serenó su corazón y como si ya esperase un gesto parecido por parte de Carmen le dijo que iría encantado, que sólo tenía que calzarse.
Pasearon por todas las calles de Cariño, mientras mantenían una animada conversación. Una nube de familiaridad parecía envolverse de tal forma que mirándose a los ojos sentían que se conocían de toda la vida, como si el uno hubiese estado desde el nacimiento de cada uno en la mente del otro y aquel día fuera el elegido para empezar a hablar:
- ¿Cuántos años te gustaría vivir, Jose?
- Supongo que me gustaría vivir hasta que mi cuerpo no me permitiese llevar una vida digna.
- ¿No eres de los que desean morirse jóvenes, a eso de los cuarenta, cuando lo que semeja a una cuesta abajo parece presentarse ante a nosotros?
- ¿Quién quiere eso?
- Alguno hay.
- La muerte está asegurada, así que ¿por qué no vivir hasta que la vida sea más dura que la muerte y no haya posibilidad de cambiar esa suerte?
- La vida podría ser más dura que la muerte y no haber posibilidad de cambio de suerte mucho antes de que el cuerpo no nos permitiese llevar una vida digna.
Sí, podría ser, pero raro sería que con salud en el cuerpo y en la mente no hubiera esperanza de dar la vuelta a la tortilla y andar con la buena fortuna de nuestra parte.
- La esperanza de mejorar… ¿Crees que es la esperanza de mejorar lo que a todos nos lleva a movernos, como si viviésemos conducidos por una tendencia hacia el progreso?
- En mi caso creo poder decir que sí, al menos en algunos temas yo me muevo arrastrado por ese deseo. No sé lo que pulula por las mentes de los demás. Algunos parecen vivir dejados de todo, desafectos a sí mismos, sin ilusión en su interior. Es como si viviesen dejándose arrastrar por una extraña corriente que los condujese río abajo.
- Quizá el mundo ande necesitado también de una ilusión de oro, una ilusión enteramente positiva, brillante como un diamante, que lo haga levantarse al unísono para marchar hacia el progreso de todos.
Jose miró a Carmen y un pensamiento le atravesó la mente: “¿Qué mayor ilusión podría tener este mundo que tú misma, qué mayor satisfacción podría tener este mundo que tú misma, qué mayor satisfacción podría encontrar que la de adorarte y servirte? No hay ideal, no hay principio ético no aspiración benefactora que pueda igualarse al desencadenante de tu belleza. Lo que no mueve la fe podría moverlo tu hermosura y en tu cuerpo se halla más poder que en todos los libros sagrados de la Tierra. No podría haber mayor Sol que guíe a la Humanidad que tú, y yo privo de su salvación a este mundo reteniéndote conmigo en esta conversación mientras el tiempo pasa y los ojos de los demás no te descubren.” Jose se lo calló y Carmen prosiguió:
- ¿Y qué vas hacer con toda esa vida que tienes por delante?
- No se sabe cuánto tiempo tiene uno para vivir, y el dato influye a la hora de hacer proyectos. Como no hay nada que me augure una vida más corta de lo normal, siempre presupongo que viviré lo que las estadísticas señalan que suele vivir un varón en el entorno geográfico en el que vivo.
- Claro. Yo también sigo el mismo razonamiento. Pero ¿qué es lo que tienes pensado hacer hasta que lleguen esos setenta y pico años?
- ¿Qué es lo que tienes pensado tú, que tanto preguntas?
- Yo vivo con la idea fija en mi mente de que en mi lecho de muerte, cuando mire hacia atrás y haga cuenta de todo lo realizado, quiero decirme a mí misma que dentro de mis posibilidades hice todo lo posible por dar de mí todo lo que podía, que ni una gota de vida ha sido desaprovechada y que todas mis energías se volcaron hacia lo que yo entendía por bueno. ¿Qué más podría pedirme?
- ¿Y eso en qué se concreta?
- Supongo que cada cual tendrá un natural que habrá de seguir. A mí me empuja desde pequeña un afán de aprender de todo, de sacar de cada elemento de la vida una enseñanza, desde la grandeza del universo hasta de la hormiga que hace voluntariosa su trabajo o de la plantita que crece buscando la luz del Sol. La curiosidad y un mar de dudas y preguntas son las que me mueven por el camino de mi vida.
A mí también me conduce una especie de curiosidad nunca satisfecha que me anima a alimentar mi mente con información que le dé juego para pensar, pero de todo lo que me he encontrado con la Tierra son los hombres lo que más me interesa, sus reacciones, sus emociones, su mundo, su historia, su evolución. No puedo abstraerme del hecho de que yo mismo soy un ser humano y dentro de la barahúnda de dudas que me rodean la más acuciante y la que más se me clava en la piel es al que se refiere a mí mismo, a quién soy, a qué hago aquí, a qué espero de la vida, y yéndome hacia los que son como yo, trato de hallar un principio de respuesta verdadero que me tranquilice y me aconseje para el desarrollo de mi propia existencia.
Carmen se quedó mirando a Jose. Lo veía y no podía interpretar la imagen representada. Ese chico no era alguien normal; no, tampoco era normal. No sólo era guapo, sino que tenía un punto interesante dentro de él. Dijo ella:
- Yo me vuelco bastante en los estudios. Me parece que ese esfuerzo hará que mañana, cuando sea mayor, rinda mejores frutos. Pero, tanto o más que el estudio, me parece importantísima la relación directa con los demás y la experimentación en la vida real, situándome en distintos ambientes continuamente para ver la vida desde el mayor número de puntos de vista posibles y tener una imagen lo más fiel que se pueda sobre nuestro universo humano.
- Sí. Observar, pensar, cotejar con el prójimo, pensar otra vez, e ir abriéndose un camino por el que poder andar dentro de la nube de incertidumbre en la que nos vemos sumidos desde que nacemos.
- ¿Y después qué?
- No, no soy creyente.
- Si lo fueras te ahorrarías muchas dudas, muchas horas de pensar.
- Sí. Me darían respuesta a casi todo y podría dejar la mente relajada hasta dejarla completamente inactiva. Pero las respuestas que hallo en las religiones, y especialmente en la de mis padres, no me parecen ciertas.
- Vaya. Yo no querría estar de acuerdo contigo en todo, pero yo he llegado a la misma conclusión.
- Pues más interesante para los dos, porque estamos en el mismo problema. Después de la muerte, ¿qué?
- No tengo ni idea de lo que pasará conmigo después de mi muerte, pero sospecho que desapareceré, que dejaré de tener consciencia de mí mismo y así como creo que hubo una vez en que yo no existía habrá otro cuando yo ya no tenga vida, en que volveré a no existir, sin más.
- A mí también se me da por pensar, dentro siempre de un mar de dudas, que mi fin llegará con la pérdida de la vida. Dentro de la incertidumbre y puestos a elegir, me aferro a la idea de que mi muerte (en principio, a los setenta y pico años), será mi definitivo final, pues esa idea de la terminación me ayuda a vivir la vida con mayor intensidad, con mayor ilusión y fuerza: estoy consumiendo un bien inagotable durante cierto tiempo; me conviene disfrutar y aprovecharlo al máximo y del modo más beneficioso que mi razón me sugiera mientras ese término final no llegue y haga sonar la campana.
Jose asentía con la cabeza y miraba a Carmen. Estaba mirando al Cielo mismo. La noche había llegado ya pero él seguía viendo al mismísimo Sol delante de él. Creer en Dios era fácil viéndola a ella, era fácil creer en una fuerza divina superior capaz de hacer cosas tan perfectas que a la Naturaleza le resultaba imposible hacer por sí sola. Ciertamente semejante chica sólo podía ser resultado de la intervención de Dios sobre el mundo sensible. La evidencia era innegable.
- Ya es de noche.
- Adiós a la cena.
- Adiós a la cena, sí.
- Ha sido muy agradable hablar contigo, Jose.
- Lo mismo digo. Creo que los dos estamos de acuerdo en eso.
- ¿Te gustaría repetir otro día?
- Sí, claro.
- Yo encantada, entonces. Hasta mañana en clase.
Carmen se fue a su casa bajo la lluvia, pegada a las casas de un lado de la calle. Jose la miraba de pie donde ella lo había dejado.
Era maravillosa. Esa chica era maravillosa, algo más que la chica de su vida, era la mujer que todo el mundo debiera tener. Era una bendición del Cielo patrimonio de la Humanidad. ¿Quién podría tener la calidad suficiente como para poder creerse merecedor de su eterna compañía? Era una mujer para el mundo, una mujer universal, una mujer para el disfrute de todos.
Jose se fue para casa sintiendo que su cuerpo entero se había divinizado al haber estado expuesto a la irradiación divina que el propio Dios había ejercido sobre él, porque Carmen era Dios y del Cielo había descendido a la Tierra para hacer descender su Reino sobre todos los humanos y hacernos gozar de su gloria antes de muertos.”
“Los días se fueron sucediendo en Cariño con la velocidad habitual. Carmen y Jose fueron estrechando su amistad cada vez más, y cada uno empezó a ver en el otro al amor deseado.
Seis meses después de haberse conocido, tras muchas tardes de paseos por Cariño, de excursiones a Lisboa y a Madrid, de escapadas a Ferrol, a La Coruña y a Santiago, de días enteros de revelación de secretos, de risas y preguntas, de estudio compartido, de sentimientos intercambiados, de miradas insinuantes, de pullas alegres, de bromas picantes y palabras suaves que eran caricias, llegó el día en que en medio de una conversación tranquila, Carmen se acercó a Jose y le dio con toda naturalidad un beso en los labios. Jose, acostumbrado como estaba a tanta gloria en los últimos meses, tomó su beso con la tranquilidad que un mortal podía tener en aquellos momentos, miró a Carmen con un brillo en los ojos de sincero amor, y convertido ya en cuerpo glorificado, le devolvió el beso, sintiendo el mayor goce conocido hasta el momento para el cuerpo y el espíritu de un ser humano.
Carmen había tenido ya dos novios con anterioridad, pero la relación comenzada con Jose revelaba una mayor profundidad, una mayor unión y conexión mental entre ambos que las mantenidas anteriormente. Jose también había tenido cierta relación especial con dos chicas el curso anterior y en el verano pasado, pero de ninguna manera era comparable a la relación actual con Carmen.
La intensidad de su unión hizo aparecer entre ambos una verdadera pasión que acicateaban los continuos besos y caricias, los abrazos y las ternuras.
Todo Cariño aplaudió la relación y no hubo persona en todo el pueblo que no se holgase hasta lo más profundo de su corazón al ver a Carmen feliz junto a Jose. Su relación servía a todos los cariñenses de inspiración, de ejemplo de idilio perfecto, y el que más y el que menos, todos terminaron componiendo algún poema, cantando alguna canción o rezando alguna nueva oración en la que aparecía la unión de los dos como cima del sentimiento amoroso que el ser humano albergaba dentro de sí.
El Demonio miraba incrédulo la escena. Durante dos años estuvo mirando a los dos enamorados tan desalentado y triste, tan abatido y pesaroso, que no movía ni un solo músculo ni pronunciaba ni una sola palabra. Sin perder nunca de vista la imagen de Carmen desperdigando por doquier la luz de la alegría y la relación de Jose con ella que se erigía para el mundo como modelo de amor verdadero, el Demonio no paraba de pensar cómo era posible que la terrible belleza de Carmen no hubiese levantado a los hombres contra los hombres y no se hubieses despedazado los unos a los otros.
Le pareció que había subestimado el poder positivo de Dios, que contraponerse a sus designios era mucho más difícil de lo esperado y que la Fuerza Celestial ganaría esta partida a pesar de sus esfuerzos por salirse con la suya.
En el verano de 1996, Carmen y Jose hicieron el amor por primera vez. Los cielos se alborotaron, los ángeles volaron llenos de felicidad por todo el empíreo. Su gozo saltaba dentro de ellos como palomitas de maíz en una sartén. El propio Dios salió de su trono alterado por la alegría y movido por un impulso irresistible, se llegó a la Tierra y le dio un beso divino como si estuviese enamorado de ella. Qué bello era el mundo con Carmen dentro. Cuánto bien era el que a todos había llevado, cuantísimo era el que cuando fuese aún mayor esparciría por todo el globo dándole una nueva cara y una nueva alma. Dios volvió a besar la tierra. No podía evitar hacerlo. Le dio un abrazo divino y la besó por tercera vez. Qué delicia había salido de sus manos, qué galana y atractiva la Tierra entera se había vuelto. Daba ganas de ser joven para con corazón joven salir a amar la carne joven de nuestra joven amante. A Dios se le acabaron por humedecer los ojos, inflado de dicha como estaba, y con una lágrima de felicidad resbalándole por la mejilla, volvió a su sitial para seguir contemplando desde allí lo que a sus pies, en el mundo, acontecía.
Poco a poco el Demonio fue cambiando estupor por indignación en su corazón. La ira mayor que jamás había sentido en su pecho empezó a hervirle dentro de sí. Sus dientes se afilaban de sólo pensar en la dicha que por momentos iba invadiendo a todo el mundo, sus rugidos salían incendiados de su garganta como un trueno, sus venas se hinchaban como ríos de mala sangre envenenada. El lado oscuro estaba desapareciendo, las fuerzas del Mal habían quedado arrinconadas durante años de desánimo y estupefacción, las hierbas de la Tierra habían ido recobrando su verdor, el Sol había lucido para despertar la vida y no para agostar los campos como antes, con el fuego de la canícula; era ya hora de subvertir el estado de las cosas en que la acción había puesto al mundo.
Era menester lanzar a los demonios por todas las ciudades y pueblos y señorearse de las almas de los más susceptibles y propicios a sus influencias y sugestiones. Había que cegar a todos los humanos para que jamás se vieran afectados por sus palabras y en su corazón no se abriera una puerta por la que entrase la luz del Sol. O mejor aún, habría que apagar ese Sol mortal con un zarpazo que deshiciese aquella belleza antes de que por toda la Tierra sembrase su hermosura y la extensión del bien no fuese ya atajable.”
Todos los de clase estábamos ya enamorados de Carmen a estas alturas del relato, y la idea de que el Demonio se dispusiese a querer matarla nos inquietaba y nos hacía reaccionar en nuestros asientos como si deseáramos levantarnos para hacer lo que hiciera falta con tal de evitar que a Carmen llegase a dañarla.
Cuanto más avanzaba la narración, menos reproches y notas marginales se nos ocurría hacerle, y ya el mar de palabras iba entrando en nosotros sin oposición; aceptábamos el marco en el que la historia nos situaba y atendíamos a una coherencia interna que diese significado a todo.
En esta historia todo nos estaba pareciendo bastante bien, pero no acabábamos de encontrar el punto moral al que don José Antonio nos querría llevar. Nos había presentado un mundo idílico, un valle de lágrimas que comenzaba a ser un paraíso, y una vida de ilusión en él que invitaba a marchar hacia el futuro con toda la alegría en el corazón. ¿Dónde estaba la advertencia, la moraleja que nos dejase impresionados? ¿Vendría ahora, cuando el Demonio se dispusiera a apagar la fuente de luz del mundo? No, por favor, que no lo hiciese, el cuento estaba siendo precioso, que no nos matase ahora a la fuente de nuestra ilusión, nosotros también teníamos derecho a sonreír y a no andar siempre penados por las injusticias de la vida, por los males del mundo, por las tristezas que lo anegan. Éramos casi niños; ¿por qué no nos dejaba con esa imagen de Carmen en la cabeza para que en ella viésemos de por vida la máxima aspiración de nuestra vida? No era necesario violentar nuestra mente con algún triste infortunio que nos hiciese ir cabizbajos y profundos para casa. ¡No necesitábamos ser tan profundos!, ni que se nos acostumbrase tanto al dolor humano que ya nada sintiésemos cuando los familiares y los amigos se nos muriesen y en el acabamiento de ellos viésemos el acabamiento de toda la humanidad, que vendría, claro que vendría, pero que no era necesario que nos lo estuviesen recordando a cada segundo de nuestra vida.
Teníamos derecho a ser felices, o al menos a estar contentos, y en nada positivo redundaba para los demás el que a nosotros se nos enjugase la sonrisa con el trapo de la VERDAD, el que nos traía don José Antonio en sus clases de religión para hacernos conscientes de la realidad en la que estábamos inmersos, de la que éramos diminutos elementos regidos grandemente por fuerzas superiores a nosotros, y de aquella otra realidad que ya ahora se podría prever: la realidad de nuestro fin y del fin de todo lo conocido.
Por Dios, teníamos derecho a pasar contentos la vida, ¿o no?, ¿no teníamos derecho a eso? Quizá era necesario hacernos conscientes de la realidad para que nuestras pequeñas fuerzas se orientaran a hacer más idónea la futura, quizá nosotros teníamos una misión, un deber para con el futuro, y a nuestros profesores tocase la obligación de hacérnoslo ver, para que no anduviésemos errantes por la vida y desde el momento de nuestra niñez tuviéramos claro lo que había que hacer.
Un trabajador de la historia, quizá nosotros éramos trabajadores de la historia, forjadores de paraísos, la mano de obra que contribuiría a que los sueños más divinos de la Humanidad llegasen a realizarse; ese sería el fin y la meta, la razón de ser la existencia de las generaciones futuras: el paraíso.
¡No! Yo renunciaba, abjuraba de todo tipo de mandato trascendental situado fuera de mí que me forzase a actuar de una manera preestablecida antes de mi nacimiento. La Humanidad no podría contar conmigo si para servirla era necesario que en esta historia Carmen fuese asesinada y toda la luz desapareciese del orbe. Carmen no debía desaparecer de nuestra mente por culpa del relato. Estaba ya formada su idea en nuestro interior, habíamos ganado un tesoro para nosotros mismos, que no viniera ahora ningún Demonio a arrancárnosla de nuestro lado. Carmen era nuestra enseñanza. Ella era lo máximo que nos podría enseñar el cuento, ella era el sueño divino que podría arrastrarnos a la perfección, el motor que nos movería hacia lo hermoso y bello en todos los ámbitos.
Ya estaba a punto de saltar de mi silla y gritar: ”¡Cállese, don Jose Antonio, no siga, por el amor de Dios!, cuando el timbre sonó con fuerza y vi llegar el fin de la clase.
Respiré con alivio.
- Seguimos mañana-, dijo.
No, mañana no seguiríamos. Me negaba a volver a clase. El riesgo de que a Carmen le pasase algo, el miedo que sentía a escuchar cómo toda la gracia de Carmen se perdía por cualquier tipo de atrocidad del Demonio, era superior al placer que me supondría volver a oír una segunda parte de la historia que fuera similar a la primera.
No, al día siguiente no iría a clase.
Quería estar realmente enfermo para que cuando llegase el momento de decir a mis padres que no podría ir a clase por no poder con el cuerpo, la causa de mi flojera fuese tan cierta que no se me quebrase la voz al decir la mentira.
Salí a la calle aquel día de invierno con una camiseta fina y un pantalón corto de deportes. Corrí durante media hora como un poseso, como si de cada zancada dependiese mi felicidad y mi bien todo. El sudor humedeció mi camiseta. Ya todo estaba preparado para enfermar. Paré de correr. Me quedé quieto. El viento frío del noroeste empezó a envolverme. Hería con su abrazo todo el cuerpo. El primer estornudo llegó antes de lo esperado y al poco un hilillo empezó a destilarse de las mucosidades de mi nariz.
Entonces una imagen de Carmen se me pasó por la mente, volví a enloquecer con sólo pensar en su daño y me quité la camiseta, la empapé con ganas en la fuente y volvía a ponerla.
De esta vez sí que me acercaba a mi muerte.
Durante dos días estuve en cama sin poder levantarme, empastillado con todo tipo de fármacos, recibiendo los calores de los cuidados de mi familia, resucitando aquel cuerpo al que el frío le había clavado seis mil espadas.
En cuanto mi mente me lo permitía me ponía a pensar en lo que habría pasado en la clase de religión de aquel día. Daba igual. A mí nunca me llegarían noticias sobre ninguna posible calamidad. Pronto comenzarían con otra historia, nadie comentaría la de Carmen nunca más y yo me quedaría para siempre abrazado a esa angelical maravilla que se había ido formando en mi mente con las palabras de don José Antonio.
Fue el recuerdo de ese sol mágico del cuento y no las medicinas lo que tras cuatro días largos me curó el catarro un sábado. Su visión era como una fuente de salud ante la que cualquier enfermedad desaparecía. Estaba feliz como un recién casado con la mujer de su vida.
Se me daba por coger papel y bolígrafo y escribirle cartas de admiración, de halagos, de gratitud por su sola existencia. “Querida Carmen”, ponía, y el corazón me saltaba feliz. Carmen había pasado de la ficción a la realidad y formaba ya parte de mi vida. Yo era uno más de esos chicos de Cariño que se habían enamorado de ella hasta las últimas profundidades de su corazón. Como los fieles aman a Dios, yo veneraba a Carmen, a aquella chica divina que la literatura había puesto en mi mente. Andaba por casa con una sonrisa imborrable, estudiaba con gusto, charlaba animadamente con mi familia en las comidas y en todo lo que hacía se adivinaba dentro de mí esa luz que Carmen ponía desde su mundo en mi corazón. Fue el mejor fin de semana que me pasé encerrado en casa.
Pero el domingo un compañero me llamó a casa. Hasta ahora había querido evitar toda conversación con los de mi clase y mandaba a mi madre decir que no podía ponerme al teléfono. Pero ya en domingo me encontraba sin disculpa y tuve que ponerme al aparato. Enrique se puso a hablarme como una cotorra y yo temía a cada momento que en una de éstas enfilase por el tema de Carmen y me pasase con sus noticias por encima de los intestinos.
- La noticia de la semana fue la historia de Carmen…
- No me la cuentes. Enrique…
- Pues tengo que contártelo…
- Que te calles, te digo.
- ¿Es que ya la sabes?
- No, no la sé.
- Pues tienes que saberla.
Cuatro días de convalecencia, de separación, de mentalización, y a pesar de ello, a la hora de la verdad, no podía aguantar la tentación. Vi cómo unas ganas irrefrenables de saber más sobre Carmen me inundaban el cuerpo.
- Nunca tuvo tanto éxito una historia de don José Antonio. El de Literatura ha hecho un concurso de poesía y cuentos sobre el tema de Carmen y Javi le ha hecho una canción con la guitarra. Pero ese no es lo mejor: vamos a hacer una pequeña excursión a Cariño para ver el pueblo en el que se desarrolla la historia.”
- ¿Qué me dices?
- El viernes ya nos vamos, por la mañanita, y volveremos por la noche.
- Pero, ¿y la historia? ¿Ha terminado ya?
- Eso parece.
- ¿Eso parece?
- Eso parece.
- ¿Qué le pasó?
- ¿Quieres saberlo?
- Necesito saberlo.
- Necesitas saberlo.
- Habilita la salita. En menos de que cuentes hasta cinco estaré en tu casa. ¡Prepárate!
Colgué el teléfono y tosí. Quizá Carmen había muerto. Tosí dos veces más. Pensaba en Enrique y me mareaba. Me venía a traer la mala noticia. Cuatro días no habían bastado para alejarme de la historia y su entorno. La clase aún hervía con los ecos de aquellas revelaciones de nuestro maestro. ¿Por qué nos la habíamos tomado tan en serio? Porque estábamos seguros o al menos sospechábamos vivamente que todo lo que contaba era cierto y que podíamos apoyar confiados nuestras más altas ilusiones en aquellos personajes que él nos daba a conocer. No hablaba de la gallina Caponata o de Espinete…
Cambiaba de narrador, don José Antonio por Enrique. Nada se perdía con el cambio. Todo lo contrario, aún me encontraría con una representación escénica de todo lo que pasase y una chispa en las maneras que la verdad es que a don José Antonio muchas veces le echábamos en falta.
Llegó Enrique:
- A ver, tío; siéntate, cuéntamelo todo, no dejes de decirme ni una mota, ni una tilde, hazme sentir en clase, necesito saber lo que sabéis todos”. Tosí una vez. “Cuéntame desde que Carmen hace el amor, el Cielo se alborota de felicidad y el Demonio comienza a planear el fin de la luz de Carmen, desde el miércoles.
Acababa de ducharme y aún así ya me sentía sudando.
“El Demonio se fue enfurecido hacia una fragua del averno, tomó acero inmortal y hacia él dirigió los fuegos de todo el infierno. Durante un año estuvo batiendo aquel metal petrificado que sólo un dios y un fuego divino podrían modelar. Sólo el corazón del propio Lucifer era en todo el universo más duro que el vigoroso acero que trabajaban aquellas manos perversas.
El Demonio cogía el martillo del odio y golpeaba durante horas. Cogía el martillo de la ira y lo descargaba con violencia sobre el yunque. Tomaba el martillo de la muerte y lo ponía al rojo vivo con tan recios golpes. Echaba mano al martillo del mal, de la peste, del asesinato, de la venganza, de la enfermedad, de la violación, del hambre,…, y todos los entrechocaba con el arma de destrucción que ante Él iba tomando alma recta y filos ondulados como los de una llama.
Los diablos no se atrevían a acercarse a su Señor, y mientras el puñal fue tomando vida siempre se mantuvieron alejados de Él. Tan fiero lo veían en su quehacer que temían que de un golpe de voz los desmembrase a todos y pereciesen aun después de muertos.
Otro año se pasó el Señor de las Tinieblas afilando aquel mortífero veneno en el que había reconcentrado toda su aversión hacia Carmen y la luz de su belleza.
Llegó el momento de la culminación de su obra. Jamás nada tan bello había salido de unas manos tan perversas.
- La belleza de este puñal sabrá arrancarte, Carmen, toda esa belleza enemiga mía que tú expandes por el mundo. Nunca tan negros y deletéreos sentimientos guardó el alma de un objeto tan bello como esto. Miradlo, es como una llama gris que abrasará el corazón de Carmen cuando lo atraviese con su punta y ya esa flor del jardín de Dios se deshoje para siempre y muera.
¿A qué esperaremos en este momento? Correremos con fuego por Cariño quemando sus montes, devorando su tierra, ennegreciendo sus cuatro ríos, hasta que el propio Atlántico hierva y ya todos los barcos del puerto se destruyan bajo el calor de las llamaradas. Mataremos a todos sus habitantes, a todas las personas que han conocido a Carmen, a todas las que haya llegado su influjo, y ya con la tierra negra podremos volver a avanzar por ella como antaño, antes de aquel seis de abril de engendramiento, antes de aquel seis de enero de nacimiento, antes de todas aquellas fechas funestas que fueron marcando su crecimiento y el acabamiento de nuestra bonanza.
Aún estamos lo suficientemente fuertes para vencer, para echar las fauces al cuello de la gacela y hacerla desaparecer, para clavar nuestros colmillos en su tierna piel y desgarrarla hasta hacerla trizas en nuestra boca. La furia de toda la maldad del mundo es la que nos calienta el brazo, la muerte es la que destella en la punta de este puñal. ¡La furia será incontrastable y la muerte la que dé paso a nuestro asalto! ¡Mueran los enemigos de la Oscuridad!
El diecinueve de diciembre de mil novecientos noventa y siete el Demonio se presentó en sueños a todos los humanos de la Tierra, tanto a los que conocían a Carmen como los que no. A todos ofrecía el puñal forjado en su fragua e invitaba a usarlo sobre Carmen, para matarla, a cambio de riquezas y poder inmenso que Él daría al voluntario. Los que conocían a Carmen se alborotaban de pies a cabeza y mismo en sueños querían llegar a las manos con el Demonio y ahogar aquella voz que hablaba de la más grande pena que podía caberles en el corazón. Los que no la conocían se sentían atraídos por el bello reflejo del puñal y sentían la adrenalina de la ambición al pensar en los grandísimos poderes que el Demonio pondría en sus manos; pero cuando la palabra “Carmen” resonaba en sus mentes, un pequeño resplandor, como el de una estrella, se les encendía en la mente, y dejando a un lado puñal y galardones, demonios e invitaciones se paraban a contemplar aquella primera luz que empezaban a ver.
El Demonio dio un grito colérico que a punto estuvo de romper los cielos. En pleno acceso de ira llegó a su mundo, destruyó todas las fraguas, mató a todos sus vasallos, devoró a todas las almas en pena que sufrían entre las ascuas y cubrió todo con un fuego inmenso que no dejaba ver ni la mano que tenía delante, de tan espeso que era.
Sus ojos rojos incendiaron el acero del puñal por un momento. Él mismo llevaría a cabo la obra. Los hombres ya no le valían para llevar a cabo sus designios. La llegada de Carmen al mundo había cambiado el natural del ser humano de tal manera que ya sólo el Príncipe del Infierno podía llevar a cabo la atrocidad infame y catastrófica para el mundo de guadañar la vida de la que era su luz.
Carmen debía morir para que su existencia fuese sólo una estrella fugaz en la azarosa vida del hombre, un espejismo en el que los más optimistas hubiesen creído ver el enderezamiento de la naturaleza del hombre.
Carmen moriría un seis de enero, un seis de enero de mil novecientos noventa y ocho. Mientras los humanos se entretuvieran con la efímera felicidad de los regalos navideños, el puñal de los Infiernos les robaría su mayor bien, su mejor tesoro, la alegría de los días futuros, y de nuevo mareas negras volverían a batir sobre las costas, agrisando la vida de los hombres, emponzoñando sus adentros, haciéndole despertar ese fuego maligno en los ojos que lo llevasen por senderos de destrucción.
Los arcángeles, que lo habían oído todo, fueron a alertar a Dios de la demoníaca amenaza. Trataban de hacerle entender el peligro que se corría. Era el cinco de enero del año elegido por el Demonio. Dios por momentos parecía entender, pero en cuanto sus arcángeles le pronunciaban el nombre de “Carmen”, Dios parecía desfallecer como si se sumiera en un plácido reposo, y no paraba de decir: “Mi mejor Hija, mi bien todo.” La mente de Dios ya no trabajaba bien. La ancianidad parecía que lo tenía al borde del ocaso de su gloria. Los arcángeles se llevaban las manos a la cabeza al ver que el Padre ya no era capaz de actuar en el trance. Hablaron entre ellos. Actuarían al unísono. Formarían una barrera ante Carmen que el Demonio no podría traspasar. Lucharían como en el día en que habían vencido al Mal en los principios de los tiempos.
La medianoche se acercaba. Todos marcharon con sus armaduras a la casa de Carmen y se apostaron en su entrada. La Hija de Dios quedaría preservada de todo mal.
La medianoche llegó. El Demonio se presentó en la calle del Carmen, la que los cariñenses habían llamado así en honor a Carmen, por ser en ella donde vivía. Jamás la llama viva del poder del Mal había ardido con tanta vehemencia en los adentros del Demonio. Sus músculos parecían explotar rebosantes de energía, sus ojos mordían la mirada, su pelo se erizaba como el de una pantera hija de una noche sepulcral, y en su mano relucía el arma infernal en la que toda la fuerza del lado Oscuro se había reconcentrado para que su filo abriera a las hordas del báratro el camino de la victoria.
Los arcángeles se abalanzaron sobre el Diablo, pero sus lanzas nada pudieron contra el ímpetu de Belcebú, acorazado por su odio y sus ansias de sangre. De un manotazo desarmó a todos los arcángeles y con el puñal de fuego que llevaba en la mano arrancó la vida a cada uno de aquellos seres celestiales. El acero llameante del puñal atravesaba con facilidad las corazas de los valedores de Carmen y destrozaba voraz sus cuerpos. El icor de sus venas se mezcló al fin en el suelo con sus cabellos inertes.
Vio entonces Lucifer el camino franco y expedito hacia la casa de Carmen. Empezaba a recorrer la calle. Era un depredador implacable que acechaba a su presa, era la Muerte en persona que se echaba sobre el pueblo de Cariño como una sombra negra que todo lo ahogaba en su interior.
El Demonio vio acercarse a un joven por la acera. Del otro lado de la calle un chico se acercaba a la casa de Carmen. Reconoció al sujeto. Era Jose, el novio de Carmen, el que se divisaba.
Jose quedó de piedra al echar la vista a aquel ser formidable, extremadamente musculoso, que llevaba todo el odio del mundo en sus ojos. El Demonio fue a él moviéndose como el viento, siseante, sin dar un gruñido, con largas zancadas. Alcanzó a Jose, lo echó en tierra y alzó el puñal –el dispensador de la muerte- resuelto a hundírselo en el alma, pero en el momento la mano que tenía apoyada en el pecho de Jose le dolió como si un frío la traspasara, le escocieron los ojos al mirar de cerca a los del novio de Carmen, el corazón se le estremeció y terminó por erguirse vacilante sin culminar su propósito.
- ¡¡Carmen!!-, gritó Jose mientras se levantaba y ciaba, y aquel sonido hirió los oídos del Demonio.
Sí, parecía lógico. Tantos años junto a Carmen habían cambiado la naturaleza humana de Jose en tal extremo que ya lo habían convertido en un ser encaminado hacia la divinidad.
Pero para el Demonio era imprescindible no cejar. Jose era sólo un hombre y Él debía vencer. De este lance dependían los siglos venideros. Se inflamó como un volcán, la sangre hirvió en sus venas y su pecho de toro se hinchó lleno de fuerza. Tomó el puñal por la hoja, miró a Jose un segundo y lanzó su mortal servidor por los aires. El acero voló hacia Jose un segundo y lanzó su mortal servidor por los aires. El acero voló hacia Jose vertiginosamente, seccionando el aire, y terminó por clavarse en el pecho de Jose. El puñal le mordió el corazón como un dragón y se lo deshizo por mil partes. El color se le escapó a Jose de sus mejillas y empalidecido cayó sin ánima de hinojos en el suelo, para luego desplomarse de espaldas sobre la carretera. Ni un sonido de dolor pudo dar. La daga la había segado la palabra en el primer contacto.
El Demonio se acercó por la calle hasta donde yacía el cuerpo sin vida de Jose. La sangre le manaba por la herida sin que el corazón pudiera ya impulsarla. Arrancó el puñal de su pecho y miró a la casa de Carmen. Un silencio sepulcral reinaba en aquella noche oscura.
Estaba a cinco pasos de la puerta que lo separaba de Carmen. Podía derribarla con un sólo puñetazo, echar abajo su casa con un solo rugido, llegar como una furia a donde estaba Carmen y matarla de una sola puñalada. Deseaba hacerlo, deseaba ver derramada ante Él toda esa belleza, ver derramada toda aquella hermosura de sus carnes y probar su sangre, devorar sus vísceras con fiereza, ver apagada la luz de todas las estrellas, marchitas todas las flores, agostado el verdor de los campos, agrisadas las nubes, emponzoñados los ríos, ennegrecidos los mares, irrespirables los aires… Carmen viniera a traer el paraíso a la Tierra. Él llegara para alzar el mundo de los infiernos a la superficie de la misma. Sin luz en los cielos, sin Carmen, podría hacer reventar todos los volcanes, abrir abismos en los suelos y despedir un soplo de azufre hirviente sobre todo el planeta hasta acabar con la existencia del hombre y de toda la vida de la Tierra.
Sentía que Carmen estaba ya casi muerta. Casi podía palpar su cuerpo sin vida entre sus manos, su rostro desfigurado ante sus ojos, sus miembros despedazados sobre la alfombra… A Él no podría afectar toda la belleza de Carmen, porque Él era un ser del Abismo, criatura del Mal, inmune al encanto de la hermosura. La llegada del día en que su corazón pudiera conmoverse sería signo de que ya los hombres habrían perdido su maldad, pues al Demonio lo alimentaban los instintos perversos que anidan en el corazón de los hombres. Si ello sucediese algún día, los hombres dejarían de ser hombres, porque en su naturaleza está su maldad, y tendrían que pasar a llamarse de otra forma, dejando el término “hombre” y “ser humano” para una fase evolutiva ya superada.
Estaba el Demonio dispuesto ya a entrar en la casa cuando Carmen abrió la puerta y salió a la calle. Había oído la llamada de Jose.
El Demonio apretó en su mano el mango del puñal y quiso sentir todo su calor, apelando decidido a todos aquellos sentimientos nocivos con los que lo había ido forjando, y lo echó hacia atrás preparando el zarpazo final.
El Maligno comprobó contrariado que al salir Carmen de su casa la noche empezaba a clarear. Las nubes se desvanecían mientras Carmen, firme y omnisciente, contemplaba toda la escena. Aquella podría ser la pesadilla perfecta para un desesperado con ganas de automortificarse: De un lado, una bestia musculosa de piel roja con un puñal cubierto de sangre; de otro; el cuerpo sin vida de Jose caído sobre la carretera.
El Demonio vio cómo Carmen se acercaba impertérrita a sus alcances, pero no reacciónó. Carmen miró a sus ojos, sondeándolo todo, conociéndolo todo de él, y descubrió más allá de la mirada de odio un resplandor azul grisáceo que brillaba mortecino en la sima más escondida de su ser.
El Diablo, al verla tan de cerca y viéndose desnudo a su mirada, apretó de nuevo el mango del puñal. Podría ser este el momento esperado para saciar su deseo y ver a Carmen muerta, y echó aún más hacia atrás su brazo, preparado para dejarlo caer como un aguijón sobre su presa…
Carmen no dejaba de mirar aquellos ojos, y cuanto más los miraba más vivamente sentía, bajo el frío de la noche, la eclosión en su interior de una fuerza que se había mantenido latente dentro de ella hasta ese día. Una especie de irradiación emergió dentro de sí y llenó su espíritu de una energía intensa. Parecía como si el mirar aquellos ojos fuera lo que había estado esperando toda su vida para hacer despertar toda su fuerza, todo su poder.
El Demonio dio dos pasos atrás mientras la Luna pasaba en un instante del cuarto menguante a la Luna llena, gorda y rolliza, que todo lo iluminaba, y las estrellas acentuaban su fulgor sobrepujando a la propia Luna, desterrando todas las tinieblas y abriendo un amanecer claro en lo que fuera noche oscura.
Carmen estaba siendo iluminada por una fuerza mayor que la que pudieran darle diez Espíritus Santos concentrados en su persona. Toda ella era inteligencia, sabiduría e intuición, y en su mirada latía el poder de ver más allá de lo que enseñaban los ojos. Incluso su belleza corporal volvía a pronunciarse en aquella hora, rompiendo los límites de lo posible.
El Demonio permanecía expectante. Jamás había visto a Carmen tan de cerca, jamás había respirado el mismo aire que ella, y ahora que lo hacía, sentía que la fuerza de sus brazos flojeaba.
Carmen se acercó a Jose. La noche ya se había convertido en día a estas alturas. Las estrellas brillaban como pequeños soles y la Luna reflejaba sobre Carmen todos los brillos del universo. Carmen, de rodillas ante Jose, le rodeaba con los brazos el cuello y lo besaba en los labios. Dos lágrimas de Carmen cayeron en los ojos de Jose y su poder sanador hizo que Jose volviera a respirar. La mano llena de luz de Carmen se posó sobre el pecho de Jose, borró toda su herida, compuso su destrozado corazón, y el hálito de vida volvió a su cuerpo.
Fue entonces cuando el Diablo vio cómo Carmen, en el cénit de su gloria, se encaraba con él y le decía:
- Lucifer, ha llegado el momento de que hables con tu Padre.
Los cielos se abrieron como cortinas de un teatro y entre destellos de luz y truenos descendió Dios a la tierra, tonificado, vivífico y majestuoso. El Demonio hincó involuntariamente una de sus rodillas sobre el cemento de la calle, debilitado en su fuego por la presencia de Dios, que hirviendo de enojo le dijo:
- Maldito… Has traspasado el mandato que te di el mismo día en que terminé de hacer el Universo. Al haber cruzado del mundo de los dioses al de los hombres y matar a uno de ellos, rompiste mi regla sagrada. Sabes que decidí que ni a ti ni a mí nos fuese lícito matar a ningún ser humano, ni aún a la última hormiga de la Tierra. De ninguna manera cabe intervenir así en este mundo. ¡Así lo establecí el mismo día de la Creación! Nosotros sólo podemos intervenir a través de influjos ocultos, sugestiones, sueños, murmullos al oído de los durmientes… ¡Esas son las reglas!
- ¿Cómo llamarías tú entonces a Carmen? ¿Sus dones no son una injerencia directa sobre este universo, injerencia que a punto está de hacer desaparecer todo mi mundo de odio y el lado oscuro de la existencia humana?
- El lado oscuro del hombre fue una degeneración imprevista en la hora de su creación; tú mismo, tu propia existencia, es un accidente que había que erradicar. Por eso me sentí legitimado a raer el mal de una vez para siempre.
- Yo acabaré con todas tus esperanzas de regeneración de la especie humana, matando delante de ti a Carmen, usando todo mi poder inmortal.
El Demonio levantó su puñal y profirió un grito horrendo de guerra que hizo saltar los cristales de todas las casas de Cariño. La gente salió a la calle asustada, temiendo un terremoto, pues la casas se movían, y sorprendida al ver a las estrellas y la Luna brillando como soles en el cielo.
- ¡Carmen vivirá y tú sucumbirás, perro! ¡Dios no consentirá que muera otra vez uno de sus Hijos!, y para asegurarme de que así sucede te arrancaré los brazos y las piernas, te partiré las costillas, te llenaré de cadenas cuyo peso no puedas soportar y cerraré tu boca infernal con una mordaza eterna…
Ya levantaba Dios sus brazos hacia el cielo dispuesto a enfrentarse al Demonio, cuando Carmen lo detuvo y le dijo: “Perdona, Padre.”
Carmen estaba radiante en aquella noche de luces, como Hija de Dios, en toda su gloria. Se acercó al Demonio y éste dio un paso atrás, con su cuchillo en lo alto.
- Hace un minuto me podías haber matado y no lo hiciste. Te miré a los ojos y vi en ellos tu fuego de maldad, pero también el tibio rescoldo del ángel de luz, lucero de la mañana, que fuiste en su día. Si de ángel pudiste pasar a demonio, de demonio podrás pasar a ángel. Quiero yo que sea así, que dulcifiques tu corazón y vuelvas a amar.
El Demonio quiso apretar el puñal, pero no pudo…
Aquella chica era realmente la muerte de su mundo, la vida para el celeste. Incluso el Demonio, el ser más malvado del universo, caía bajo su hechizo. Ni Dios con su poder y amenazas podía conseguir lo que ella con el encanto de su voz, con sus ojos castaños, con su pelo negro, con su cuerpo delgado…
- ¿Cómo eres capaz de dominarme de esta manera? ¿Quién te ha dado este poder brujo, que sólo de mí podrías obtener? ¿En qué momento te di los dones de la hechicería y te revelé los secretos de esta magia negra?
- Quizá fuiste tú el día de mi concepción. Quizá al tocar el rayo de poder en el que Dios me concedía todos mis dones, me diste los tuyos. Me hiciste escandalosamente bella, me diste el arte de la seducción, el poder de dominar las voluntades, levantar un dedo y conseguir que se cumplan todos mis deseos… No usé tus dones para el mal, sino para el bien. Tu error fue hacerme encantadora, y no prevenirte a ti mismo de mi encanto. Por él se afloja tu mano…, por él caes al suelo con tus dos rodillas…, y por él te olvidas de para qué era el cuchillo que tienes a tu lado…
El Demonio humilló su cabeza y puso el puñal en la mano de Carmen:
- Serías digna reina de mi Reino, digna reina del de los Cielos, y digna reina de la Tierra. Toma este puñal, con el que tenía pensado pensado matar al mayor bien de la Humanidad, y clávamelo en el corazón, para librar al mundo de su mayor sombra.
Carmen lo miró a los ojos, se agachó y le dio un beso en la frente. El fin del mundo oscuro había llegado.
Una infinidad de rayos azules atravesaron el cuerpo del Demonio hasta que todo él quedó envuelto en una esfera de luz cristalina. El Demonio veía cómo el fuego azul consumía su piel de jabalí para transformarla en la de un ángel, y al cesar la última llama, el Demonio comprobó que volvía, millones de años después, a convertirse en Luzbel, el ángel más bello del cielo.
Alzó la mirada y lo primero que vio tras su transfiguración fue a Carmen en todo su esplendor:
- Carmen, mi bella Señora… Habéis redimido al mismo Demonio, que ahora, convertido en Luzbel, se entrega a vos como fiel esclavo para el resto de su eternidad.
Luzbel se dirigió a Dios, y arrodillado ante él, le dijo:
- Perdóname, Padre, ya que tu misericordia es infinita.
- Ya que Carmen te ha perdonado, Yo te perdono, porque lo que Carmen perdona en la Tierra, Yo lo perdono en el Cielo. Sírvela a ella desde ahora, como fiel caballero, y ayúdala a traer, junto a todas estas mujeres y hombres de Cariño que nos miran asombrados, mi Reino a este planeta.
Yo pertenezco al pasado, Ella al futuro. Será el sol de la Humanidad, y yo, su Padre, el primero en amarla. ¿Serás tú el segundo, Luzbel?
- Os pongo, Padre, como testigo de mi juramento.
- Así sea.”
- En ese punto don José Antonio se calló como queriendo ocultar algo interesante que podría decir pero que no desvelaba por alguna razón.
- Pero es muy raro que termine así una historia de don José Antonio, con tanto optimismo, con un final feliz… Además, aún quedaría mucho por contar. ¿Qué pasó después? ¿Qué fue del mundo sin el Mal y con una Carmen Reina del Mundo, más insuperable que nunca?
- Pues don José Antonio sonreía al terminar y nos aseguraba como siempre que todo había sido verdad.
- Y lo más raro son esos pasajes irreverentes en que pone a Carmen a la altura de Dios.
- Para mí que nuestro colegio está perdiendo la ortodoxia.
- Quizá en un mundo con Carmen y sin el Mal, los hombres perderían su ortodoxia y eso es lo que quería callarse.
- Lo más seguro. Quizá tengamos a don José Antonio con profundos debates internos de credo y esté convirtiéndose a algún tipo de apaño sincrético…”
- Pero dime, ¿qué hay de la excursión a Cariño?
- Dijo que nos ayudaría a comprender mucho mejor el relato.
-No nos vendrá mal.
El caso es que a la semana siguiente don José Antonio no volvió a clase. Nos contaron que estaba de baja por enfermedad, y un mes después nos dijeron que lo habían destinado a la Patagonia, porque el clima de aquí no le venía nada bien a su vejez. El caso es que nos quedamos sin excursión y con muchas preguntas sin contestar. Nosotros nos pusimos a investigar y descubrimos que don José Antonio había sido el cura de Cariño desde mil novecientos noventa y cuatro. Preguntamos a Roberto, que creímos que nos daría todo tipo de información al respecto, pero Roberto empezó por advertirnos de que él no había nacido en el pueblo de Cariño, sino en la parroquia de Feás y que a los tres años se había ido a vivir a Cercido, que es un municipio situado unos kilómetros al sur de Cariño, y que no sabía nada de la existencia de una chica que se llamara Carmen que tuviese cautivada a toda la zona, pero que preguntaría a su familia de Cerdido, Ortigueira, Mañón y Cedeira, municipios cercanos.
Creo que fue por esa época cuando volví a empezar a comerme las uñas. Enrique y yo no parábamos. Hablábamos de coger un día el autobús y de ponernos en Cariño en una hora para buscar allí la verdad de la historia. Carmen podía existir a una hora de viaje…
Pero lo cierto es que los días pasaron y nuestra indecisión no dejó nunca de atenazarnos. Mi ciudad natal, de la que no puedo hablar, está tan sólo a cincuenta y seis kilómetros de Cariño, pero nunca fui para tomar un bus o un tren que me llevara hasta el Cielo, que lo sería en verdad si en Cariño estuviese Carmen. Lo que sí que puedo asegurar es que no hubo poema o carta de amor o chica de la que me enamorase tras de la cual no viera la imagen de Carmen, como si el sentimiento mío de aquel momento sólo fuese el intento de una burda copia del verdadero sentimiento de amor que sólo Carmen pudo inspirarme.
Así viví durante años, entre ilusiones y realidades, hasta que llegué a la capital de la provincia, algún tiempo después, y me hospedé en cierta residencia universitaria, de la que no se me deja hablar en este momento. Allí conocí, y os juro por mi madre que fue verdad, a un sol de chica que se llamaba Carmen, era de Cariño, morena, de ojos castaños, delgada, con un toque en el pecho y otro en las caderas que desmayaba el entendimiento, tenía un novio que se llamaba Jose, un hermano mayor y un padre con una perfumería…, y, sobre todo, era guapísima y encantadora:…
Cuando la reconocí fui tan feliz, que di por buena toda mi vida… Llamé a Enrique, vino a verla, corroboró conmigo todo lo que don José Antonio nos había contado, lloramos de emoción, nos hicimos amigos de Carmen, y guardamos su secreto hasta el día de hoy, en que se me ha permitido al fin empezar a contar algo sobre ella, y convertirme así en su primer evangelista.
Guardad la bienaventuranza que os transmito y ojalá que en breve pueda revelaros más información sobre el pasado, presente y futuro de Carmen, que a poco se convertirá, a buen seguro, en el centro de atención en todos los medios de comunicación mundiales.
Hasta pronto y gracias.
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20. Agosto 2008 por admin.
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